Cuarenta y ocho y último

Haz un esfuerzo, encuentra las llaves del amanecer.

Anuncios
Publicado en Uncategorized | 2 comentarios

Cuarenta y siete

Casi nada recuerdo. (Estoy hablando de ahora mismo, de esta misma tarde.) Leía un ensayo sobre el cansancio en una terraza tranquila. Las mesas estaban lo suficientemente separadas las unas de las otras como para que no molestaran las conversaciones vecinas. El cansancio, decía aquel libro, nos volvía porosos, nos abría a los otros y dotaba de un orden necesario al mundo que nos rodeaba, en el que nos integrábamos sin fisuras, sin ninguna violencia. El deseo de que un treintañero de pelo rizado que había visto entrar en un supermercado y ahora salía pasara junto a mí para poder verle el rostro se cumplió de un modo extraño: él ya se iba por otra calle, que además yo no lograba ver con nitidez por culpa de la jardinera que bordeaba la terraza, cuando de pronto dio media vuelta y pasó justo a mi lado. Pude admirar ese pelo negro rizado, como de gitano, y la esbeltez de un cuerpo delgado de hombros rectos, los andares sinuosos, la cintura estrecha. Llevaba una ristra de latas de cocacola en una mano y una bolsa de supermercado no muy cargada en la otra. No nos miramos, pero yo sentí su paso a mi lado como una especie de conjunción. Seguí leyendo. En la mesa de al lado hablaban de compra-venta de pisos, zonas de posible crecimiento inmobiliario en la periferia de la capital, reformas, una terraza que podría acristalarse. Me acordé de la casa en la que viví hasta hace unos años, la única que he comprado, y de las reformas que en otro tiempo proyecté con un amigo para la azotea: cubrirla y destinar una parte a un pequeño jacuzzi (idea esta última propuesta y defendida por mi amigo a pesar de mi escepticismo). Vi de pronto muchos momentos de mi vida allí, en aquella casa. Me di cuenta de que había sido un lugar realmente habitado, e incluso con frecuencia compartido, como un oasis en el mapa de mis viviendas de soltero o solitario. Al menos este era mi recuerdo de aquel lugar. El vacío de ahora, me pregunté después, en otro momento de la tarde, ya fuera de la terraza, caminando de vuelta a casa, ¿es todavía el hueco que ha dejado alguien o es ya un vacío menos concreto, más indefinido, el vacío que toda soledad instaura en un corazón solitario? Sí, ya recuerdo: volvía a casa por una calle en pendiente en la que algo, no recuerdo ya qué, me hizo pensar en lo necesario que es a veces sumergirse en el mundo de otro, en el mundo de alguien que no sea uno mismo, y en lo mucho que agota al final estar un día tras otro encerrado en el propio mundo que, aunque no sea más que un espejismo creer que lo conocemos bien, es siempre el mismo y acaba resultándonos insoportablemente previsible. Sumergirse en el mundo de otro: entrar en otra vida, compartir pasados que no nos pertenecen, sentir de un modo diferente a como sentimos, tender la mano y encontrar una piel que no es la nuestra, mirar a unos ojos que no son los mismos siempre en el espejo, estar ahí para escuchar o poder desahogarnos un momento, abrazarse a otro cuerpo por la noche, sentir al despertarse que alguien respira a nuestro lado como un don del amanecer, y tantas otras cosas que es difícil decir con las palabras. En esto iba pensando, sin saber por qué, mientras volvía a casa, a la sexta o séptima casa de mi vida solitaria.

Publicado en Uncategorized | 4 comentarios

Cuarenta y seis

Vengo pensando en el fárrago de las imágenes ―el consabido paseo hasta que estoy casi a punto de perderme, y en el que en un momento concreto me engaño diciéndome que no sé dónde estoy simplemente porque atravieso calles en las que nunca he estado―, un fárrago que se me enquista desde el momento en que quisiera encontrarle un orden que permitiera decirlo; y vengo también pensando en la insoportable constancia del trato con nosotros mismos, en la poca paciencia que tenemos a veces para resistir la compañía de otra persona, de la que nos distanciamos a la primera oportunidad, en contraste con el día tras día de nuestro monólogo íntimo, la insufrible e interminable cadena de tomas y dacas con el propio yo, al que no podemos quitarnos de encima salvo en esas raras ocasiones que unos llaman nirvana, otros ataraxia, otros éxtasis, otros liberación de la mirada, otros vida verdadera y otros, más drásticos y desesperados, suicidio. Imágenes y yo, mundo y mente, paseo y mirada, parques y memoria, acaso fuera y dentro. Y, de pronto, cuando he abierto la puerta del piso, he cruzado el diminuto pasillo y he llegado al salón, he visto algo que no era lo uno ni lo otro. Allí estaban subidas las persianas del balcón y la ventana, entraba ya una luz escasa, muy tenue, y me dije que lo realmente importante era ese intervalo entre lo exterior y lo interior, lo que había ocurrido allí mismo mientras yo estaba fuera, es decir, nada, esa nada que habían podido contemplar los vecinos de enfrente desde sus ventanas y ante la que se habrían preguntado, tal vez, si son un poco curiosos, dónde estaba yo, por qué me había olvidado de bajar las persianas, esas hipótesis que no definen esto ni lo otro sino que abren un hueco para todo lo posible. Eso que allí había ocurrido, ese vacío del salón, el reposo innominado de los libros en la estantería, el desorden exacto de los papeles sobre la mesa, el imperceptible temblor de las cortinas que sería un desvarío atribuir a algún resto de aliento dejado por mí, las múltiples formas de vida, visibles o invisibles, que me acompañan cada día y que allí se quedaron durante las dos horas que no estuve, los restos de mi cuerpo en el inodoro, en la ducha, en el lavabo, la ropa lavada que espera en la lavadora a ser colgada para secarse, los bastoncillos de incienso que alguna vez, en un futuro improbable, perfumarán el piso no sólo para mí, todo lo que sería arduo enumerar y quedó como la sombra del cuerpo que se ha ido, o como su hueco, como esa máscara de cera de un rostro que está siempre buscando cómo alejarse de sí mismo. Ahí, en ese intervalo y no en ninguna de las imágenes que he ido recolectando hoy y que han pasado, de algún modo y sin duda inútilmente, del mundo a mí, reside lo que acaso podría estar queriendo decir algo.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Cuarenta y cinco

Primera noche en el nuevo piso en que siento la falta de un ventilador. No corre apenas viento en la calle y da lo mismo salir que quedarse. He vuelto del paseo igual de acalorado que antes. El calor se traduce en pereza, no tanto física como mental: se me hace cuesta arriba empezar este fragmento en el que vengo pensando desde hace unos minutos. Quisiera rebajarlo a un par de apuntes muy breves, inconexos y deslavazados, pero es más poderosa la tentación de tejer el tapiz que en la mente, hace poco, aparecía más o menos bien dibujado. Buscar, sin embargo, los conectores para las oraciones, juntar con cada sujeto un predicado preciso, ir escalando subordinada tras subordinada hasta culminar en una cima que acaso lo es sólo en apariencia el viaje silencioso entre un instante y otro: ¡qué fatiga! Dan ganas de tumbarse simplemente en el sofá, frente al balcón por el que entran las voces de una película que alguno de mis vecinos está viendo ahora mismo. Adoptaría incluso una posición más sana para el estómago, al que esta tarde le costó hacer la digestión y permaneció hinchado hasta poco antes de salir a pasear, que esta postura de quien inclina levemente la espalda y los hombros hacia la pantalla del ordenador y no permite que el vientre se relaje en toda su amplitud. Quince minutos van ya desde que empecé estas líneas que quisieran contar un encuentro invisible. Quienes hace un par de horas pasaron junto a mí en la calle no sabían, ni hubieran podido saber nunca, que allí mismo, hace unos veinticinco años, estuvo por un instante el niño que yo fui, que entró a aquel portal con sus padres y con su hermana, subió al segundo piso, permaneció un par de horas conversando y tomando quizá café o licores con los dueños del mismo, un matrimonio anciano ya en aquella época, le llevó en determinado momento la contraria a aquel señor chulesco que le sugería dedicar su futuro a negocios corruptos porque el dinero público ha de ser, según entendió, de quien sepa robarlo mejor; y que al cabo de ese par de horas, y tras el disgusto del anciano al que un mocoso como él se había resistido con palabras tal vez un tanto angelicales, había salido a la calle, siempre en compañía de su familia, y había regresado al hotel en que entonces se estaban hospedando. El caso (toca ahora aclarar, lo que dará paso a nuevos periodos, oraciones, arabescos) es que esta tarde descubrí en mi agenda esa dirección que pensaba perdida, la de los abuelos de unos amigos de la infancia a los que visitamos en esa única ocasión. Pensé que podría ser una señal de algún otro encuentro imprevisto acudir a esa extraña llamada y encontrarme (desencontrarme, mejor) con el niño que fui. No pude acceder al interior del patio que aún recordaba vagamente (un patio de corrala madrileña con azulejos blancos y azules en los zócalos de las paredes y de las columnas). Permanecí unos minutos por fuera del portal, en la calle, intentando en vano recordar algo más y contemplando la curva de la calle en la que entonces debí de fijarme pero que no había dejado huella en mí. Casualmente, esta corrala está a unos diez minutos andando de donde vivo, y aunque nunca había pasado a pie por esa calle sí que lo había hecho en autobús, bastantes veces, pues por ella pasa una de las líneas que conducen al centro. O sea (seamos ya plenamente locuaces, si no pedantes) que en esa calle estaba esperándome un pequeño pedazo perdido de mi infancia sin que yo lo haya sabido hasta hoy. Y, en cambio, esa coincidencia, y su descubrimiento, no han sido señal de nada, al menos de ningún encuentro efectivo, o al menos previsto para hoy, si descuento el momento en el que, en el camino de vuelta, me detuve a mirar la piscina del polideportivo municipal en el que nunca había reparado y al que me he propuesto acudir uno de estos días; y ese otro momento posterior, ya en pleno atardecer, en el que estuve sentado en el banco de un pequeño parque leyendo mientras cinco o seis adolescentes, uno de ellos sin camisa, charlaban y bebían unas cervezas sentados en la hierba a unos metros de mí. Cabría señalar también una terraza algo escondida y tranquila que descubrí en la misma calle un poco más arriba: otro lugar al que ir en una de estas noches calurosas de junio.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Cuarenta y cuatro

La mañana posterior a una correría. A veces solo esto tiene de bueno: que se pasa la noche en una casa ajena y al día siguiente puede explorarse una zona desconocida de la ciudad. Camina en busca de calles anunciadas en carteles de tráfico, calles cuyo nombre recuerda de algún juego infantil de ambientación financiera en el que aparecían, en efecto, los nombres de calles importantes de esta ciudad. Cuántas veces jugó a aquel juego, con su familia o con sus amigos, en el comedor del pequeño piso en que vivía, en la terraza de un apartamento de veraneo, protegida por un toldo de la bravura del sol, en casas de amigos de la infancia, no recuerda ya dónde. Recuerda la fascinación que le procuraba tirar aquel dado, mover las fichas de casilla en casilla, ponerse por delante en alguna ocasión, estar a punto de embolsarse no recuerda ya qué premio gordo y perderlo luego todo a la jugada siguiente. ¿Qué tienen que ver los pasos de hoy, reales, mañaneros, no demasiado entusiastas, por calles verdaderas, con aquellos otros pasos que daba al mover con sus dedos una ficha que acababa cayendo en una calle cuyo nombre coincide con el de esta de hoy? Avenidas anchas con terrazas donde la gente está ya almorzando. Un parque nuevo, con retoños de árboles que aún no dan sombra, bajo un sol seco y constante. Un edificio reciente, sede de un ministerio, cuya fachada está recubierta por un gran paño de cristal a modo de escudo. Un bar en el que, mientras consume un zumo de naranja, una animada conversación entre dos amigos ya en la cincuentena es interrumpida por un conocido de ambos que, afectado por alguna discapacidad mental, habla a un ritmo dos veces más lento que el normal e impone su presencia y su discurso sin que los dos amigos puedan retomar su conversación. Unas langostas vivas en el escaparate de un restaurante, expuestas públicamente antes de que alguien las solicite para su almuerzo. La pequeña plaza de un barrio a la que llegan abrazados un abuelo y su nieto, los dos casi igual de frágiles: el abuelo casi impedido para andar, con la espalda muy curvada hacia delante, y el nieto, con síndrome de Down, que abraza a su abuelo por la cintura mientras este lo abraza a él por el mismo lugar. Antes o después de todo esto, ha estado caminando a lo largo de la franja arbolada que quedaba entre unos edificios de viviendas lujosas y una autopista. Junto a la valla que protegía de la autovía habían plantado arbustos frondosos entre los que bien podría alguien sentarse y pasar un par de horas leyendo o vagueando. O incluso esconderse de los demás, sobre todo por la noche. No sería tampoco demasiado difícil ir hasta aquel lugar provisto de unos alicates, abrir con ellos en la valla metálica un agujero por el que pudiera pasar un cuerpo humano, introducirse a través de ese agujero y, dando unos últimos pasos a medias galantes y a medias indecisos, salir de este mundo sin dejar ni siquiera un cadáver intacto que pueda ser objeto de adoración o de profanación. Vanas fantasías, en definitiva, que acuden a su mente mientras pasea por esa extraña franja que no es un parque, ni una acera, ni una calle, ni un jardín, ni una plaza, pero para la que los urbanistas, supone, tendrán dispuesto algún nombre en el marco de su ciencia. No hay nadie por allí a esas horas. Mira hacia los edificios, rodeados por altos muros y por puertas de metal que los protegen de los intrusos. Disponen de un parque infantil a estas horas vacío, de una piscina en la que un matrimonio y dos niñas toman el sol y de zonas ajardinadas no del todo bien cuidadas. La franja por la que pasea termina en una acera prolongada por un paso de zebra que permite acceder al otro lado de una calle que, en realidad, acaba de darse cuenta, no es sino la vía de acceso a la autopista.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Cuarenta y tres

Un perro que le ladra a su dueña de ese modo, ¿no debería ser decapitado o, al menos, severamente reprendido? La pose insolente, casi desafiante, con las patas traseras bien aposentadas en el suelo y las delanteras en posición de saltar: y todo mientras la dueña fuma tranquilamente sentada en un banco de este parque. Tratada como una mendiga por su propio perro. En fin, ella sabrá. Y yo, ¿cómo he llegado hasta aquí? Hace más de media hora que debería estar de vuelta en casa. Por suerte, las bolsas de la compra no pesan mucho. Solo contienen un bote de gel de baño, una caja de condones extraseguros, un tetrabrik de leche, un remedio de herbolario contra el insomnio, unos canónigos y unos tomates cherry. Extraña y tal vez patética combinación, reveladora de un consumismo de viernes por la tarde destinado a expandirse en un fin de semana casero quizás aderezado de algún extravío. ¿Cómo he llegado hasta aquí, entonces? Seguí caminando por gusto. No conocía sino un tramo del Paseo de la Dirección y quise explorarlo un poco más. Para los coches debía de ser muy divertido ir girando el volante e ir cambiando así “la dirección” cada pocos segundos, pero las curvas trazadas una y otra vez con este supuesto fin en esa calle me parecieron en el fondo una broma de mal gusto. Hubo incluso un momento en que me sentí encajonado entre dos curvas inversamente simétricas, en un breve tramo recto, como en medio de una ese alargada hasta parecerse casi a una efe. Como caído en una trampa, unas risas sordas empezaron a dejarse oír desde lo que no era ninguna trastienda o trasfondo del cielo vespertino, sino tan solo un rincón despiadado de la mente: no risas de los dioses sino risas de los demonios interiores. “Mírate, personaje patético, con la tripa hinchada por tanto sedentarismo o quién sabe si por algo peor, con tu chaqueta negra manchada por la tiza con la que esta mañana escribiste en la pizarra unas frases capaces tan solo de generar aburrimiento a tus alumnos; mírate, pálida sombra de lo que nunca fuiste, porque si tú no te miras nadie va a hacerlo por ti. Mírate, invisible a los demás, en el espejo deformante de la mente que, al menos, tiene la virtud de mejorarte un poco y consolarte así con el engaño.” Y mientras estas palabras percutían mi mente entremezcladas con las risas, yo seguía andando sin saber muy bien para qué ni hacia dónde. De los portales salían perros que jadeaban y arrastraban casi a sus dueños consigo. Las calles, de nombres extraños, albergaban casuchas destartaladas, con antiguos negocios abandonados cuyos carteles seguían anunciando cosméticos o alimentación. Un vómito amarillento yacía desparramado junto a una fuente. Un poco más allá una pareja de inmigrantes eslavos llenaba una garrafa en otra fuente idéntica. ¿Irían a beberse aquella agua? Habría que salir de aquí, pensé, no solo de esta calle inmunda sino de esta ciudad. Deseé estar andando por algún paseo marítimo a esa misma hora. Llegué a un amplio solar vallado: mala hierba y flores malvas descendían en una pendiente hasta una avenida. No sabía dónde me encontraba. Curiosamente, la puerta del vallado estaba abierta y entré en aquel solar. Me sentí desamparado allí dentro, como si en breves instantes fueran a dispararme desde alguno de los balcones que me rodeaban (pero, ¿quién soy yo acaso para que nadie vaya a dispararme?). Había un par de senderos abiertos en la hierba, pero no llegué lejos. Era un lugar inhóspito, lleno de cagadas de perro resecas y de latas de cerveza o cocacola. Una señora que pasaba por la acera en ese momento me miró con cara de saña, como si yo fuera un intruso que estuviera pisoteando las flores de su jardín particular. Salí. Vi a lo lejos un parque en el que, nada más entrar, me encontré con la escena descrita del perrito en actitud amenazante contra su dueña. Luego, mientras he estado sentado en este banco, ha habido mirlos a mi espalda, perros más cariñosos, muchos perros con todo tipo de dueños, sombras de árboles estampadas sobre el suelo de tierra, la policía, un niño al que sus padres le mostraban el mundo, ese mismo mundo que el niño, tal vez, no tardará en olvidar.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Cuarenta y dos

Iba bajando por la avenida. La tienda cerraba a las seis de la tarde. Sabía que estaba en el número ocho, pero no cuánta distancia me separaba aún de ella. Iba mirando el reloj y los números de los portales. El calor me mareaba, hacía que sintiera pesadas las piernas y ardientes las plantas de los pies. En el fondo, pensaba, da igual si llego a tiempo o no. Al llegar a una esquina en la que el balcón de un primer piso me pareció casi al alcance de la mano sentí que el cielo azul, que casi se podía tocar también y en el que rodaban unas nubes blancas bien delimitadas, transportaba al balcón lejos de aquella esquina, al balcón y a mí mismo, como si flotáramos en otro lugar menos ruidoso, menos sucio, mucho más transparente. Fantasías, instantes, naderías. Tuve que atravesar varias avenidas concurridas, con transeúntes que a media tarde venían de recoger a sus hijos o salían de compras o habían quedado con su pareja o con amigos. Madres que transportaban cada una su carrito. Dueños de perros sonámbulos (los dueños y los perros). Practicantes de footing encantados, al parecer, de dilatar sus pulmones en medio del dióxido de carbono. Cuando me iba acercando al cruce de dos amplias avenidas, en el que confluían también algunas calles transversales, observé un grupo de peatones arremolinados en un triángulo construido a modo de plataforma en medio del asfalto. Se accedía a él y se lo abandonaba atravesando pasos de cebra. Aquellos peatones, a los que tuve que unirme enseguida, parecían estar en medio del tráfico, intactos entre los vehículos que circulaban en varias direcciones. Una isla inquietante, la plataforma del miedo. Era obligatorio montarse en aquel triángulo si se quería cruzar al otro lado de la avenida que yo iba recorriendo. Faltaban cinco minutos para las seis, pero en medio del tráfico del cruce había perdido la cuenta de los números de los portales. Dejé atrás una extraña fachada que escondía, según indicaba una placa, un estudio de arquitectura. El cristal ahumado de la puerta me permitió ver al fondo, sentadas en un escritorio, a dos personas que parecían trabajar. E inmediatamente después encontré la tienda que buscaba. Estaban a punto de cerrar. Recogí la cámara de fotos que mis padres habían dejado allí en reparación. Desanduve mis pasos y tomé un autobús para volver a casa.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario