Dos

Te ronda. Se va abriendo paso poco a poco. No sabes cómo se llama. Regresas. No es que lo preveas sino que lo entrevés vagamente, como un olor que yace enterrado bajo capas espesas de materia inodora, bajo las lápidas de un tiempo diluido en menos que nada. Te ronda, no porque lo hayas esperado de ningún modo sino porque no le cabe otra opción más que rondarte. Tampoco lo sientes a tu alrededor como un frescor anunciado en medio de un desierto. Se levanta como una única ráfaga casi inapreciable cuya estela perdura e invade con sus ciscos o migajas de aire estremecido el laberinto de tu memoria, que es igual al de tu soledad. Se envisca y enloquece porque presentir es a veces más puro que sentir. Porque no tener un nombre es menos insensato que tenerlo agrietado, desuncido, raído.

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