Cinco

Cómo puede esperarse que alguien acostumbrado a no rendir nunca cuenta de sus actos a los demás resuelva un día, al menos en apariencia, aportar una justificación a un gesto poco feliz, un golpe repentino no quizás sobre una superficie material como la piel del pómulo o la de la parte superior del pecho, un poco más resistente, sino un golpe que traspasa las corazas del alma, hasta entonces prudentemente replegadas y durante años sucesivamente fortalecidas en previsión de golpes como este, de cualquier irradiación o embate o acometida imprevistos y desestabilizadores para quien creía habitar como el señor de su propia alma. No sé si duelen más los golpes dados al alma que los golpes dados al cuerpo. No he sufrido nunca estos últimos. Y no sé si los primeros han sido tan intensos, no sé si el dolor que he sufrido es leve o desgarrador, aunque si tan desgarrador hubiera sido no estaría ya aquí para contarlo. En cualquier caso, es inútil esperar de quien ha ido desgastando como una gota paciente y corrosiva un alma que se creía curtida alguna conmiseración: oponer a esa fuerza la resistencia en la quietud, la firmeza anclada en un silencio como de estatua herida es el único camino en la desgracia. Cariátide que no solo tiene sobre ella el peso insoportable de la vida, sino que además va siendo socavada por ratas que le roen los pies y por el viento ácido de voces desgarradas que parecen querer envolverla hasta el fin de los tiempos.

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