Siete

Noche. Yo venía del centro, de ver en la ciudad una película sobre otra ciudad. Venía en metro y no era el mismo metro que circulaba en la película. En un lado y en otro había movimiento, personajes, deseo, intensidad, sospechas, rabia y soledad. Yo estaba de este lado, pero por un instante me asomé a ese otro que hubiera podido ser también, y lo que era o no era no importaban tanto como lo que podría o no podría haber sido o haber hecho. En las escaleras automáticas del metro me detuve en la parte derecha del escalón: subía hasta el vestíbulo sin moverme y los cuerpos y las caras de quienes subían andando pasaban a mi lado como en una película cuyos protagonistas cambian a la misma velocidad que la vida. Gente más bien joven, de distintas razas, mejor o peor vestida, y cuyos perfiles coincidían un instante con el mío, detrás de esa pantalla invisible que hay entre quienes no se conocen: bastaría una palabra, un leve toque, apenas acaso un suspiro sobre un cuello para provocar un encuentro, grato o ingrato, pero un encuentro cualquiera, para romper el paño absurdo y en el fondo irreal que nos separa siempre a todos.

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