Ocho

No son fantasmagorías ni rememoraciones. Si de pronto, al enfilar una calle cuyo final parece desleído en una luz más viva que la que nos envuelve, o en un amasijo de árboles que resalta al final de lo gris del asfalto, creemos por un instante ver el mar, no, no verlo, presentirlo, imaginarlo apenas aunque enseguida sepamos que allí el mar no es posible, si en medio de un atasco, en el fragor de autobuses rojos que no acaban nunca de llegar a sus destinos y de bocinas inútiles porque el bloqueo es mayúsculo, escuchamos de pronto el arrullo del mar, la barcarola de las olas, o si en un centro comercial, igual que cualquier otro de cualquier otro lugar, lleno de ancianos ansiosos y de señoras en pos de algún ticket regalo, unas rocas de artificio en torno a un surtidor consiguen evocarnos, durante un par de segundos, los cuerpos de surfistas que salían del mar hasta alcanzar aquel extremo del paseo, gráciles, esbeltos, enfundados en sus vestidos de linóleo, relucientes, chorreantes, bellos como tritones, adorables como náufragos a quienes hubiéramos querido rescatar… Si todo esto, que no son fantasmagorías ni rememoraciones, está vivo un instante en la mirada, no dejes que se pierda para siempre, guárdalo como un tesoro en el fondo del mar o de tus ojos.

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