Nueve

Por un momento, después de bajar del autobús e intentar memorizar el lugar al que debe volver para subirse en el autobús de regreso, se pregunta qué hace allí. Sabe vagamente dónde está, es decir, en un barrio que no conoce aunque es capaz de situarlo en el noroeste de la ciudad. Mira a un lado y a otro, es más, va girando lentamente y lo que encuentra en esa mirada panorámica es una encrucijada de avenidas bordeadas por un parque, por sucesiones de edificios con algo de colmenas, por tiendas en los bajos, muchas de ellas cerradas a pesar de que es sábado por la mañana. Por un momento, en ese giro, se siente muy solo en medio de una ciudad desconocida, no tanto porque no conoce a nadie allí, ni conoce esas calles ni hacia dónde exactamente conducen, sino porque siente que apenas se conoce a sí mismo en ese instante. Qué he venido, en el transcurso de todos estos años, a hacer yo aquí, exactamente aquí y ahora en esta acera encajonada entre moles inhumanas de viviendas que nadie en sus cabales querría nunca habitar. No se reconoce y, sin embargo, echa a andar. Ha ido fijándose, durante el trayecto en autobús, en las tiendas que veía, pues necesita comprar un par de sobres acolchados. Echa a andar por una de las avenidas, llena de tiendas de todo tipo. Pasa incluso junto a una peluquería canina y un comercio de venta de ascensores (encantadora profesión la de vendedor de ascensores, piensa), pero no encuentra ninguna papelería. Ha llegado al final de la avenida, a una nueva encrucijada en la que deja de haber tiendas para desplegarse en el horizonte una especie de polígono industrial entreverado de descampados, parkings y terrenos de uso indefinido. Cruza al otro lado de la avenida para recorrer la acera en dirección a la parada del autobús de regreso. Entre un bar y una tintorería encuentra la papelería que buscaba. Cuando entra saluda con un buenas tardes, pero luego cae en la cuenta de que es por la mañana. Un señor le pide a la dependienta dos fotocopias de su carné de identidad, una de ellas plastificada. El señor, de unos sesenta años y de corta estatura, tiene una voz afeminada y débil, emite unos suspiros cada cierto tiempo y, mientras la dependienta trabaja en sus fotocopias y plastificados, pasea su mirada por las estanterías a medias desabastecidas de la tienda. Viste un abrigo verde, elegante, que lo cubre hasta muy abajo, y los pantalones a rayas de color marrón que sobresalen parecen de buena calidad. Es un dandy provinciano y comedido, un personaje absurdo que pide las cosas de un modo relamido, como si la dependienta fuera a morderle (y quién sabe si no querría realmente hacerlo), y cuya identidad no necesitaría ser plastificada porque lleva estándolo desde hace mucho tiempo. No hace falta ser tan cruel, recapacita sobre la marcha. Se alegra de que la dependienta le pregunte qué desea y le sirva enseguida los cinco sobres acolchados que le pide, pues eso significa que no tardará en salir de allí. Regresa hacia la parada de autobús y a partir de ese momento empieza a caminar por otra avenida en la que se va cruzando cada vez con más gente hasta que se da cuenta de que está llegando a un centro comercial.

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