Diez

Con treinta y ocho años, decides no sé qué. Como si nada pudiera decidirse. Una y otra vez te has ido topando con decisiones aplazadas, matizadas, suprimidas o simplemente desechadas por obsoletas. Así que decidir no sé qué sobre un estado de ánimo que en último término es indoblegable viene a ser una coartada más o una nueva ampliación del plazo que te has dado para seguir engañándote. Es que no puedes seguir así, te dices, enredado en el resentimiento, en absurdas ideas de venganza que nunca llevarás a cabo, en maquinaciones súbitas en que aparecen puñales, puñetazos, patadas y hasta perros azuzados contra desprevenidos cuellos humanos. Tampoco es que estos fantasmas ronden a todas horas por tu mente, ni que haya habido un solo instante en que hayan estado a punto de materializarse, pero su mera visita ocasional te muestra un rostro tuyo que no conocías. ¿Cómo decía Castiglione? Algo así como que en cada uno de nosotros hay una simiente de locura que, si se cultiva, puede multiplicarse hasta el infinito. Y tú piensas aplacar a los monstruos con decisiones grandilocuentes como la de borrar toda sombra de maldición proyectada sobre el bienestar de nadie, o como la de desear a partir de ahora que dos personas sigan siendo felices aunque su felicidad en los últimos dos años lo haya sido a costa de la tuya. No, a ver, te dices: nadie puede ser feliz a costa de la felicidad de nadie, por lo mismo que nadie deja de ser feliz por culpa de nadie. Sí, te ha quedado muy bien, e incluso parece uno de esos lemas o epígrafes de libro de autoayuda. Sobre cómo alcanzar una felicidad autosuficiente. Por ejemplo. En qué quedamos entonces: ¿si ellos son felices no puedes serlo tú? ¿O puedes tú ser feliz aunque ellos lo sean también? Parece que todo el enredo humano siga descansando en la existencia o no de ese éter del alma, de esa sobredosis salvífica que sería la felicidad. O el equilibrio. O la calma. O la tranquilidad. O la indolencia. O el desapego. O la ausencia. O la nada. Entre la felicidad y la nada, ¿ves?, toda esa gama de estados que son como muros de contención del dolor, como si fuera este, el dolor, el verdadero intríngulis que hay que resolver. Borrar, así pues, cualquier deseo de mal hacia el prójimo para no sufrir. Comprender. Perdonar. Bendecir. Bendecir-con-la-máxima-pureza-de-corazón-a-dos-cabrones-que-deberían-como-mínimo-sufrir-lo-mismo-que-tú. ¿Y antes de todo esto qué era lo que había? ¿Amor?

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