Trece

Un nuevo sábado en que madrugo, desayuno y deambulo por ahí. El recuento de transportes suma, salvo equivocación, dos autobuses (el 44 y el 17) y dos viajes de metro en los que usé tres líneas (la 3, la 2 y la 7). Periodo de tiempo del paseo: aproximadamente desde las 11.30, en que acabé de tomar el segundo café del desayuno, hasta las 18.30 horas, en que he vuelto a casa. He estado en la librería Visor, luego en el barrio de Embajadores, después en el de Lavapiés, donde he comido, y a continuación he llegado hasta el Puente de Toledo, que he cruzado para dirigirme a la pradera de San Isidro (hoy en día parque de diseño), donde nunca había estado. Después de dar varias vueltas por los senderos embarrados (no ha dejado de llover; todos los parques se parecen; este estaba casi del todo vacío; tres almendros empezaban ya a florecer), he tomado una calle llamada, al itálico modo, Vía Carpetana, por la que he caminado ya con un cierto hastío hasta que decidí montarme en el primer autobús que pasara. De este (el 17), que se dirigía a la Plaza Mayor, me bajé a los diez minutos, a la vez que un muchacho negro de bellas facciones, en el barrio de Latina, lleno de bares, restaurantes y lounges abarrotados ya a las cinco de la tarde de juventud con ganas de fiesta, cuyos rostros veía a través de las cristaleras a medida que callejeaba en dirección a Ópera. En la calle Mayor me sorprendió la disciplinada cola de casi un kilómetro que hacían cientos de adolescentes (parecidos a mis alumnos y todos ellos bastante parecidos entre sí) para entrar en un discoteca, imagino que para una de esas sesiones de tarde a ellos destinadas en las que no está permitido servirles alcohol. No pude evitar pensar que con su edad yo no pisé nunca una de esas fiestas y que, en cambio, me dedicaba estúpidamente a leer libros como La interpretación de los sueños o El cuerpo del amor (¡sin saber nada de sueños, ni de cuerpos ni de amor!). Luego me dirigí a la boca del metro Ópera, tomé la línea 2 hasta Canal, donde cambié a la línea 7 para llegar a casa. En estas aproximadamente siete horas he bebido una caña, un mango lassi durante el almuerzo, un té de hierbabuena y dos cafés con leche; y he comido un montadito de sardina y tomate que acompañaba a la caña, un cordero al curry con arroz blanco a modo de almuerzo en un restaurante indio y dos dulces árabes, uno de pistacho y otro de almendra, que pedí junto con el té de hierbabuena. Me he parado unas cuatro o cinco veces para decidir algún rumbo mirando a un lado y a otro. No me he fijado especialmente en nadie, si exceptúo tal vez al muchacho negro del autobús, aunque coincidimos apenas unos minutos. He pensado, supongo, en más cosas de las que podría ahora recordar aquí: no creo haber tenido ninguna idea original sobre nada, pero he recordado momentos, he activado mecanismos mentales de agrado o de repulsa ante una parte de lo que he ido viento, he bosquejado tal vez algún proyecto de futuras acciones (paralelas o no) a partir de algún instante concreto, he reflexionado sobre lo que leía (llevaba un libro y he leído fragmentos cuando las televisiones de los locales o las conversaciones en los autobuses y metros no me lo impedían). En un par de ocasiones (recuerdo una: ante la visión de un edificio de unas siete plantas junto a una calle en curva junto al río Manzanares) me he quedado observando ese momento en que el lugar, el tiempo, el cuerpo y la conciencia parecían formar un todo armónico, como si ese momento estuviera ocurriendo también en otro sitio, en una película o en una fotografía, en un sueño o en otra dimensión, por decirlo de un modo patéticamente trascendental, pues no encuentro un modo sensato de decirlo. No tiene importancia: el tiempo no dejaba de pasar por esos instantes, la soledad no dejaba de ser una muerte en vida (algo así dijo, al parecer, nada menos que Aristóteles) por el hecho de que todo confluyera o se juntara, la muerte no dejaba de estar a la vuelta de la esquina y todo esto no dejaba de ser atroz e insoportable aunque la inmortalidad, por otro lado imposible de alcanzar, fuera una posibilidad menos halagüeña aún: un tiempo eterno sin deseo, sin cuerpo, sin otros compañeros que los dioses caprichosos y fríos. Si comparo, ahora que he vuelto, el estado de ánimo inicial y el final, el de cuando tomé el primer autobús y el de cuando bajé del último metro, la única conclusión a la que puedo llegar es que entre la desolación y la desolación solo caben un puñado de fisuras o grietas que no hacen sino ahondarlas más aún. ¿No hay nada a lo que una persona sola pueda dedicar su tiempo un sábado de marzo más que a pasear, entrar de vez en cuando en algún bar, montarse en metro y autobús, seguir andando, observar una y otra vez ventanas y balcones, antenas y letreros, coches, calles, rostros, cabelleras, casi ninguna pupila, ni un solo poro de una piel suave o sudorosa? Me alegró encontrar, mientras cruzaba el Puente de Toledo, un lugar tranquilo en medio del estrépito urbano, un lugar solitario y silencioso, una especie de oasis improbable en medio del tráfico, el estrés, las masas. El río corría, lo que tratándose del Manzanares es ya una hazaña imponderable, si bien lo que llevaba el cauce era una mezcla tenebrosa de agua y lodo que rodaba lentamente como hacia la laguna Estigia. Unos matorrales acuáticos resistían en medio de aquel barrizal y lo que más me gustó (pues menos lo esperaba) fue ver nadar entre las plantas a un par de patos que temblaban de tanto frío como hacía. Todo esto vino después de dar un pequeño paseo por Lavapiés, donde, mientras tomaba el primero de los dos cafés con leche, escribí lo que a continuación transcribo: “He venido al barrio en que habita la tensión. Una esquina en pendiente. La calle que viene de arriba se cruza con otra que viene de la derecha. Y aquí, en esta nueva encrucijada, estoy yo ahora. Una vez más en este barrio que también fue alguna vez el mío, sobre todo los sábados de hace dos años: me levantaba algo tarde y deambulaba sin prisas hasta que subía a pie en dirección al centro. En la esquina hay motos aparcadas, gente que duda hacia dónde seguir, contenedores de basura grafiteados, una profusión de carteles anunciadores de fiestas, musicales, manifestaciones, conciertos, espectáculos de todo tipo. En la esquina opuesta a la del bar donde estoy hay una sidrería en la que me recuerdo vagamente, solo, bebiendo sidra alguna noche.” Aquí me detuve, a punto de despeñarme sin remedio en un sentimentalismo nostálgico y anémico.

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