Catorce

Intentan introducirse en ese hueco que no ha sido pensado para ellas: son dos niñas que juegan, que jugaban hace un instante, en un pequeño parque infantil junto a la biblioteca. Entraba y salía gente que luego subía y bajaba antes o después de devolver o sacar en préstamo libros, películas o libros y películas. Yo era uno de ellos: venía de devolver dos libros de poemas, o un libro de poemas y otro de antipoemas, en los que apenas había tenido tiempo de detenerme, y los había sustituido por dos libros de prosas de un mismo autor, uno de ellos, de narraciones y fragmentos, leído hace años pero que no tengo ahora mismo en casa, y otro de reflexiones dispersas sobre el arte de escribir, que nunca he leído. Duró muy poco el intercambio: sabía qué autor iba buscando y sólo tuve que revolver un poco en el estante de su inicial, poco frecuente, y dejar así que fuera disolviéndose la cola que extrañamente había formada delante del mostrador de préstamos. Me fijé en las fechas en que habían sido prestados por última vez algunos libros, en concreto un volumen que contenía las tres novelas inacabadas del autor en cuestión y otro en que se habían recopilado sus diarios: ambos libros llevaban más de medio año sin que nadie los hubiera sacado en préstamo. Pensé: entre estos dos volúmenes se encuentran algunas de las páginas más bellas, más intensas, más estremecedoras, más imprescindibles que ha escrito nunca nadie y aquí están, durmiendo el sueño de los justos, pacientes, olvidados, discretamente ordenados por orden alfabético. Leí las primeras líneas de la primera de las novelas inacabadas, ese comienzo abrupto que describe el inicio de un viaje, el corte entre el pasado y el futuro, entre la espesura de los hechos y la levedad del aliento, y luego cerré el libro porque leer aquella primera oración no podía hacerse allí, en aquel lugar, en ese instante. La cola del mostrador ya se había disuelto. Los libros no leídos fueron sustituidos por otros que sí iba a leer. Aunque estuve a punto de hacerlo, no continué bajando un piso más, como me ha ocurrido otras veces en ese edificio, sino que al llegar al vestíbulo caí en la cuenta de que estaba ya al nivel de la calle y salí. Entonces vi a las niñas. Hacían esfuerzos por colarse entre la valla de metal que separaba el parque de la biblioteca y un muro al que no se le alcanzaba a ver función. Querían entrar las dos al mismo tiempo porque no parecían tener a priori claro que allí no cabían las dos. Se apretaban una detrás de la otra, o quería una encaramarse sobre la otra porque lo que tenía sentido para ellas era entrar allí las dos al mismo tiempo, en aquel hueco que no había sido pensado para nada y al que ellas parecían desear dotar de algún sentido, convertirlo en espacio de reunión, en abrigo de risas, en instersticio de una imposible y por ello tan ansiada invisibilidad.

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