Quince

Acaba uno en cualquier sitio, arrastrado ―no, no hay ningún arrastre, solo un mero descendimiento aunque las calles sean en su mayoría rectas, ni siquiera una caída con sus vértigos, sus ahogos o aullidos― por señales que no lo serían si la propia pérdida no se empeñara en interpretarlas de acuerdo con algo parecido a un sentido salvífico, o que al menos apunta a un asomo de salvación. Pero luego no hay salvación, porque, primero, de qué habría que salvarse y, luego, y esto lo comprueba uno al cabo de cada segundo, en ese umbral entre la incertidumbre y la consumación, entre el deseo y la pérdida, lo único de que se acaba disponiendo es de una nueva intemperie, acaso un poco más protegida en medio de esa intemperie mayor en la que uno deambula, gira, se arrastra, una especie de pozo en el que, por un tiempo incierto aunque casi siempre muy breve, uno descansa y el viento de afuera no traspasa los muros, nos rodean otros a los que no conocíamos y a los que nunca conoceremos más allá de ese instante y cuyo recuerdo, incluso, irá borrándose luego poco a poco hasta el final del día. Las sonrisas, esos ritos usados por los otros para marcar su cohesión expansiva, se enmarcan para uno, para aquel que asiste a ellas desde su lejanía a unos pasos, en un fondo sombrío, como en una pantalla por la que fueran desfilando imágenes neutras, todo ese mundo de complicidades del que no hemos sido expulsados porque nunca nos perteneció. Y lo mismo sucede con las voces, percibidas a veces como si estuvieran siendo pronunciadas en una lengua extraña, de difícil gramática, de extravagante vocabulario y, lo que es peor, con frecuencia de áspera y hasta repelente fonética. ¿Tan difícil sería compartir ―se ve que sí, pues casi nunca ocurre― un pequeño fragmento de esa lengua, de esos gestos volcados hacia fuera, no retraer la mirada cuando otro la tiende, no retener la lengua en la concavidad de la boca, en el momento justo en que podríamos hablar, no pensar tanto en el abismo que habría de cruzarse entre mirada y mirada, entre palabra y palabra, entre sonrisa y sonrisa? Pues, ya que los cuerpos son inaccesibles, o al menos casi todos los cuerpos deseados, algún puente precario podría dar acceso al mundo de los otros, en ese breve instante de un encuentro, intangibles aunque cercanos sus cuerpos, llegado uno hasta aquí como en un sueño, sin otra perspectiva que seguir, después de un rato, paseando por las calles del sur de la ciudad. Y uno ha escogido el sur por creerlo más cálido, por pensar que los otros son aquí más abiertos, que están menos encastillados en sus mundos dormidos: y al final todo es más o menos igual que en cualquier sitio, ninguna puerta se abre entre un mundo y el otro ―y no podría abrirse: ningún tabique media entre uno y ellos, ni siquiera un gran muro en el que con paciencia infinita se pudiera, rascando, practicar una abertura. No hay paredes contiguas sino un enorme vacío al que uno se asoma cada vez que decide extralimitarse, salir de su reducto, llegar hasta los bordes de la mísera estancia en que estar no dista mucho de morir. Y a partir de esos bordes todo tiembla ―como tiembla la mano que ahora escribe―, todo se tambalea no para recomponerse o resituarse sino para anunciar que no estamos donde nos corresponde ―aunque ningún lugar, en realidad, nos corresponda. Magro cuerpo en lo alto de una columna rodeada por un desierto sin fin: como un estilita, es cierto, se ha vivido, salvando todas las distancias, hasta ahora, estilita o autista, con palabras que el viento, el cuerpo, el desierto o el silencio absorbían para siempre, palabras secuestradas que no llegaban nunca a los oídos de otros. Y un cuerpo que se retorcía como una vid reseca, abandonada, que la brisa caliente estremece para nada. Respirar no conduce a unirse con el aire, sino a hundirse en el laberinto de la propia sangre. Y esta sangre, que debiera sentir el júbilo del aire, la savia de todo lo que llega desde fuera para alimentarla, se embota a cada bocanada, perezosa o extenuada, quién sabe, o simplemente a punto ya de claudicar. Sigue, mientras tanto, poblándose de clientes el lugar, gente que entra y gente que sale, grupos que se reúnen para hablar de sus cosas, caras que no resplandecen, voces sin delirio, vestimentas grises, atroces, ridículas, no muy distintas ―las vestimentas, las voces y las caras― de las que uno mismo ostenta, pero siempre alejadas de lo que uno desea en sus sueños más íntimos, que son, en fin de cuentas, lo único verdadero.

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