Diecisiete

De esas madrugadas o mañanas de regreso a casa, cansado, después de horas azuzadas por deseos inútiles, ¿qué podría contar? Últimamente tomo un autobús: he descubierto que es más cómodo, aunque tarde más, pues desde que entro hasta que bajo no tengo que moverme, a diferencia del metro, que me obliga a un trasbordo, a cruzar pasillos, subir escaleras, esperar, muchas veces de pie, a que llegue el próximo tren. En el autobús suelo sentarme al fondo y, como siempre es de día, voy contemplando el movimiento borroso de la calle, las aceras pobladas de gente (¿qué hace allí exactamente esa persona?, ¿por qué está precisamente allí a esa hora, ella y no otra?, ¿por qué he tenido que cruzar la mirada con ese chico moreno que esperaba en aquella calle para cruzar, con él justamente y no con otro?, todas esas preguntas sin respuesta). Hasta que acabo bajándome cerca de mi casa y me arrastro hasta un bar cuyo suelo está a esa hora sucio de servilletas y colillas, de grasa y de otros restos de comida aplastados por todas las pisadas de ese día. Me desplomo en la silla y escucho, mientras desayuno, las conversaciones que me rodean. Unas me dan asco y otras, lástima. Miro hacia la calle por la cristalera. Es siempre el mismo paisaje desdibujado lo que veo, más gente sin nombre, caminando, sentada, corriendo, de pie. Creo que los camareros, aunque me reconocen, no me saludan porque siempre voy solo y parezco recién salido de un hospital psiquiátrico: la mirada perdida, el cuello inquieto, los movimientos lentos, la voz apagada y la tez, supongo, demasiado pálida. Una ruina andante, podría decirse. Luego cruzo un par de calles hasta llegar a casa (y la gente, ahora, está más cerca, ya no median las ventanas de un autobús o las cristaleras de un bar: ahora soy uno de ellos, tan solo nos separa un metro de acera, el espacio que media entre mi cuerpo y los suyos, y, en cambio, ese espacio acrecienta su ausencia, o la mía, la distancia
insalvable que nos separa). Y cuando llego me desvisto, me tomo medio somnífero y me acuesto con la esperanza de que todo cambie al despertar.

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