Dieciocho

No hay luz suficiente para que se requiera una sombra, ni suficiente luz para interponerle un obstáculo que cree una sombra, ni luz suficiente o bastante para encender las pupilas, acariciar la mirada y, a través de los laberintos de las neuronas, animar el espíritu, darle un empujón al ánimo. No la hay porque el tiempo ha cambiado desde ayer. Parecía haber llegado ya la primavera y ahora vuelve a llover, una lluvia fina pero incómoda, racheada, que no sabemos nunca desde dónde nos llega porque el viento la arrastra sin criterio. Junto a la puerta del balcón, que he entreabierto nada más llegar a casa, he puesto a secar el paraguas abierto con dos de sus puntas (dos de nueve: ¿tienen nueve puntas todos los paraguas?) apoyadas en el suelo. Lo tengo frente a mí ahora que me he sentado en el sofá a descansar un poco del trajín del día: proyecta sobre el suelo una sombra que no contrasta mucho con la luz de la que surge y, sobre todo, recorta en el interior de su perímetro una luz distinta a la de los cristales de la puerta del balcón, una luz que parece inaugurar un orificio, una abertura ahí mismo en el salón, como un iglú que no solo sirviera de morada sino también de entrada hacia algún sitio. Dan ganas ―tengo ya, mecánicamente, un libro entre las manos, pero me atrae más lo que veo frente a mí― de arrastrarse gateando hasta el interior de ese paraguas, casi furtivamente, y quedarse allí dentro un rato, oyendo caer la lluvia sobre las baldosas del balcón, como si no estuviéramos lo suficientemente protegidos ya entre las cuatro paredes de la casa y necesitáramos un poco más de protección, e incluso una protección que alumbrara además el comienzo de un camino nuevo, de algún tipo de viaje más allá del balcón y del paraguas, más allá de la casa y de la tarde, más allá de esta deriva absurda en que hemos venido a dar: no saber ya qué hacer con nuestras vidas. No un paraguas para salir volando arrastrados por el viento, sino un paraguas para abrir un túnel hacia donde podamos ser otros distintos de nosotros. Levántate ahora, basta un par de pasos, antes de que deje de haber esa luz doblemente filtrada que seduce a tus ojos.

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