Veinte

Yo, que las detesto, tal vez acabe algún día convirtiéndome en un experto en ellas. Está claro que me persiguen, aunque apenas hayan logrado nunca subírseme encima. Hoy casi lo ha conseguido una, aunque nunca sabré si estaba todavía viva o ya muerta. Me había agachado para empujar en el tambor de la lavadora una sábana de franela que, por su gran tamaño ―algo acrecentado, supongo, por la cantidad de pelusa y de mopas que contenía―, se resistía a entrar entera en la exigua cavidad. Cuando logré convencerla por la fuerza ―empujando, empujando como cuando ya no quedan otros argumentos―, al ir abandonando la postura inclinada, me encontré de pronto, a la altura de los ojos, en un pliegue del mantel que cubre una mesita que hay junto a la lavadora, un ejemplar que parecía vivo aunque bien podría estar muerto, dada su absoluta inmovilidad. Del susto di un respingo hacia atrás y me quedé unos instantes encajando el pensamiento de que había estado a unos milímetros de que me rozara la cara ―ojos, boca o nariz― aquella cucaracha infame, dormida, muerta o semimuerta, hermana, prima, madre, padre o amante de la que tuve que matar anoche sobre la alfombra del baño. Pasados esos pocos instantes de pasmo y de suspiro, fui a la habitación, cogí una de las zapatillas y, sin preocuparme por comprobar si aquel bicho estaba vivo o muerto, lo destrocé sin contemplaciones. Lo curioso es que hace unos días apareció una tercera cucaracha muerta ―boca arriba― junto a la lavadora, o casi muerta, más bien, pues, aunque opté por dejarla allí un día entero a modo de señal, de ostentosa señal de precaución ―empieza a hacer calor: te visitan las cucarachas―, cuando, al cabo de ese tiempo, la deslicé en el recogedor para trasladarla a la basura, sus patitas, de pronto, empezaron a moverse como sacudidas por un último aliento. Así que, viva todavía, y sin sentir remordimiento alguno, la deposité en el cubo de la basura, cubriéndola enseguida con casi un metro de papel higiénico por si después de esa larga agonía de al menos un día fuera a darle por revivir, abandonara el cubo de la basura y acabara paseándose a sus anchas por mi salón, por mi casa. ¿Qué son, en definitiva? Unos pobres insectos que se arrastran. Se alimentan de residuos orgánicos, es decir, de restos de comida, y en nadie despiertan simpatía o piedad. Yo, sin ir más lejos, no las soporto, es más, me aterrorizan, despiertan en mí un horror incontrolable, atávico, muy superior al asco que suelen producir en otra gente. Esta especie o variedad, sin embargo, que me estoy encontrando en mi casa madrileña, no me preocupa tanto como la otra, la insular, que por desgracia tan bien conozco. La madrileña es no solo algo más pequeña, sino de un color más oscuro ―el marrón chocolate de la otra me resulta atroz―, parece más lenta, menos hábil, incapaz de volar e incluso de subirse a los muebles o paredes ―al menos de momento. La otra, la insular, es para mí un ser diabólico; esta, sin ser un ángel de la guarda, no pasa de ser un animal detestable e infame, pariente monstruoso del grillo y del escarabajo, torpe, reptante y huidizo, contra el que no tengo ningún reparo en atizar mi zapatilla. En el lugar del impacto queda luego una masa blancuzca junto a la carcasa negra con sus antenas, cabeza, caparazón y patas. No es que me encante, pero soy capaz de limpiar a continuación esa masa con un paño húmedo. A las otras, las atroces, las diabólicas, las que al volar desplegando sus alas ―solo pensarlo me hace sudar― parecen seres creados por el maligno para que no olvidemos la existencia del infierno, únicamente soy capaz de matarlas con insecticida: por eso nunca he visto las vísceras ―¿serán también viscosas y blancuzcas?― que contienen sus cuerpos.

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