Veintiuno

No es que me lleve demasiado bien conmigo mismo, pero hay días en que logro soportarme. Hoy está siendo uno de esos días. Tal vez no me he exigido demasiado, me he dejado llevar por el flujo sin rumbo de los pasos, no he sufrido ningún encontronazo, desavenencia o incidente de esos que bastan para desequilibrar el día entero. Me he ido
deteniendo en algunos bares en los que he bebido café: en ninguno de ellos las
conversaciones o la televisión, como sí me ha ocurrido otras veces, me han impedido
leer, bien porque eran bares solitarios o silenciosos, bien porque las voces se
mezclaban en un rumor amorfo, insignificante, un ruido de fondo que incluso
lograba destacar a veces las frases que leía ―o que escribí, durante una hora,
en uno de esos bares, mientras dos señores encorbatados, en la mesa contigua,
estudiaban meticulosamente las clasificaciones y los resultados de los equipos
de fútbol para rellenar unas quinielas, y mientras la dueña hablaba con un
guapito de unos veinte años y le recomendaba que, ahora que todavía era joven,
se convirtiera en funcionario para tener garantizado el futuro y poder vivir
luego como un rey. Entretanto, yo escribía en la mesa de al lado sobre
cucarachas sin atender a lo que ocurría a mi alrededor, con la vaga conciencia
de que tanto aquella pareja de ejecutivos sabihondos estúpidamente ilusos en
cuanto al azar como el chavalito y la patrona, además de otra gente que entró y
salió del bar durante aquella hora, me espiaban sin saber muy bien a qué
atenerse, sorprendidos quizá de que apenas levantara la vista del cuaderno y me
mostrara impermeable a las conversaciones que me rodeaban. El gesto de ligero
desagrado con que la dueña me cobró, sin responder luego apenas a mi saludo de
despedida, no tuvo que ver, tal vez, con mi acción solitaria y silenciosa en
medio del gentío y del bullicio, pero en cierto modo me fue inevitable
interpretarlo como una ruda señal de desaprobación. Continué luego el paseo y
me sentí muy bien: aunque anduve por calles y avenidas que desconocía, siempre
acababa desembocando en otras que ya conocía, lo que me permitía ir conformando
un mapa mental de aquellas zonas de la ciudad y me producía, además, esa grata
sensación en que se mezclan pérdida y encuentro, desamparo y acogida.

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