Veintidós

La aureola que rodea a algunas personas a las que conocimos hace años y a quienes dejamos de tratar por razones ajenas a nosotros: se diría que ese deseo truncado, esa continuidad solo entrevista y largo tiempo añorada les hubiera dotado de un brillo especial que logran mantener durante años en nuestra memoria. Y luego llega el día en que se nos ocurre ponernos en contacto con ellos o en que nos los encontramos casualmente en un bar o en una tienda. Suele haber, en ese primer reencuentro buscado o azaroso después de tantos años, un entusiasmo sincero, compuesto acaso por la tensión de no saber cómo nos perciben el otro o la otra, si les parecerá que hemos ganado o perdido con el paso del tiempo, o si nos encontrarán más o menos interesantes, misteriosos o seductores; compuesto acaso también por una especie de victoria sobre el tiempo, como si habernos podido reencontrar, sobre todo si nos ha costado un esfuerzo conseguirlo, con esa persona que las circunstancias de otra época nos habían sustraído ―y cuya desaparición siempre nos dolió porque no fuimos nosotros quienes desaparecimos―, supusiera haber rescatado de la ausencia a alguien querido, a alguien a quien durante todo este tiempo no hemos olvidado porque siempre quedó en nosotros, como una larga nota que queda resonando después de interpretada, su presencia dolorosamente transformada en ausencia, una o varias imágenes congeladas, despojadas de vida pero empapadas de deseo, su recuerdo como un fracaso contra el que siempre nos hemos rebelado; y compuesto, finalmente, ese entusiasmo con el que nos enfrentamos al reencuentro, por la ilusión de que quizás ahora, por fin, ha llegado el momento propicio para una historia de amor, pertrechados ambos por una madurez que aún conserva pinceladas de la juventud, la ilusión de que era este momento el que el destino nos tenía reservado. Y cuando, poco a poco, a lo largo de esa primera conversación o quizás varios días después, en una cita posterior, nos damos cuenta de que la aureola o el brillo que enmarcaba el recuerdo de aquel ser se ha ido perdiendo, ha ido desintegrándose en el presente como si este no fuera su atmósfera nutricia, decidimos, aun con dolor, que ese será el último encuentro, que no tiene sentido ofrecernos mutuamente el cadáver embalsamado de quienes fuimos, añadir más desengaños a ese desengaño. Y es que ya no nos reconocemos. Él, por ejemplo, ha perdido pelo, y además en la coronilla; su cara, aunque recuerda la del joven que era hace casi quince años, va mostrando ya señales de envejecimiento. Ella, cuya cintura sinuosa sólo pude abrazar un par de veces, cuyas caderas me parecían las de una diosa inmensamente fecundable, está ahora gorda, es decir, gorda por cualquier parte del cuerpo por la que se la mire; y, aunque sigue siendo guapa a pesar de la papada, ya no podría escurrirse entre mis brazos como una sílfide juguetona ―como entonces, ay, en que sus juegos conmigo duraron tan poco. Y yo, claro, lo mismo para él, para ella ―ahorraré, presumido, los detalles. Pero lo que más se ha desgastado es en el fondo el deseo, el deseo al contacto con la realidad, el deseo al ser despojado del recuerdo idealizado, el deseo e incluso la capacidad de sentir, de entusiasmarse, de amar, en definitiva. Se nos ha robado el fuego que una vez custodiábamos y el otro, la otra, no son más que el espejo en que ya no nos vemos porque todo está oscuro.

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