Veintitrés

Desgastado, esta mañana, aun después de dormir doce horas, desgastado por la edad, por el cansancio, por la poca alimentación del día anterior, por haber consumido una droga que estimula primero y abate después, pensaste en cuántas veces se habrá repetido, en los últimos meses, el ritual que consiste en despertarse juntos, buscar en el cuerpo del otro de turno un calor físico que no es solo físico, rozarse con movimientos espasmódicos, abrazar o dejarse abrazar mientras tus labios apresan la nuca deseada o tu nuca se deja besar por otros labios, y comenzar así el amor de la mañana; cuántas veces, pensaste, se habrá repetido ese ritual en cuerpos diferentes, como si fuera un ritual destinado siempre a cancelarse una vez que se produce, sin solución de continuidad, según se dice, una única dosis intensiva que habrá de ser repuesta al día siguiente o el siguiente fin de semana. Pensaste en la intercambiabilidad de los cuerpos, en sus diferentes calores y texturas, en las voces diversas del amanecer y en el vacío que todo esto esconde o intenta esconder. Pensaste si no sería preferible, de una vez por todas, afrontar ese vacío permanente, no intentar reunir cada cierto tiempo unas máscaras intercambiables que con sus gestos, silencios, voces, sonrisas o temblores se interpongan piadosamente entre el vacío y tú. Pues, aunque esas máscaras sean humanas, sean personas de carne y hueso cuya carne se entrega y alimenta más o menos y cuyo hueso es más o menos duro de roer, no dejan de escamotearte el verdadero encuentro, el que debiera tener lugar en soledad, contigo a solas, tú contigo, tú y tú mismo, hasta llegar a ti sin ti y sin mismo. Además, ocurre que, desgastado por todos esos factores enumerados antes, unos evitables y otros no, cada vez te cuesta más encontrar energía para el amor de la mañana, cada vez claudicas antes y reconoces que ya no estás para estos trotes, que, aunque por la noche hubieras podido demostrar plena solvencia en el cumplimiento del deseo, ahora, por la mañana, no son ya las mismas las fuerzas y todo ha de quedar tristemente truncado. Algunos muestran comprensión, se ponen en tu lugar, declaran haber experimentado lo mismo en otras ocasiones, y otros muestran, aunque intenten disimularlo, el rictus de la decepción. No es nada alarmante, es cierto, y una vida más regulada, menos sometida a los vaivenes y las desmesuras, podría solventar estos problemas. La edad no es ya propicia para travesuras. Has perdido, lo sabes, la energía que tan abundante fue en otras épocas. Lo que ahora procede es recogerse, aceptar que es mejor no dilapidar la fuerzas, reservarse para cuando realmente algo merezca la pena, si aparece, ahorrarse decepciones que solo contribuyen a la autoconmiseración. Sería deseable vender un poco más cara la derrota, ser un poco más valiente y despreciar las lides que no estén a la altura: concentrarse tan solo en las batallas verdaderas. Todo esto pensaste esta mañana y lo recuerdas ahora, cuando acabas de hacer la cama y es ya un naufragio más de tu pasado lo que anoche y esta mañana estaba intacto y vivo en tu cuarto. ¿O lo piensas ahora a partir de lo que esta mañana sentiste, de un mero relámpago que cruzó tu mirada y cuyo resplandor son ahora palabras y palabras y palabras? Ese relámpago, recuerdas, tenía como trasfondo la cara de Graziel, sus labios de los que habían brotado cientos si no miles de besos dados sobre los tuyos, sus ojos de mirada lejana e indefensa, su cara entrevista en ese borde de la mañana en que debía ya de empezar a borrarse para dar paso al vacío, al hueco en que habrá de incorporarse más tarde otra cara. Quisieras que alguna vez resista una cara esa línea de sombra, que dude hasta sobrevivir, que quede impresa de verdad sobre tu cara como el náufrago que se abalanza al mar para salvarse ―y se salva. No siempre lo quieres, es verdad, no es lo mismo una cara que otra cara, una voz que otra voz, pero a veces hay alguien que bien podría haber llegado para quedarse y que, cuando se marcha, aunque seas tú quien lo despidas y nunca más quieras verlo, deja tras de sí una estela imborrable.

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