Veinticinco

Todo debería empezar aquí, en esta casa que no es mía pero en la que siempre me siento bien. Siempre significa las tres o cuatro veces que aquí he estado, incluyendo el fin de semana que pasé solo hace ya un tiempo. Las dueñas de la casa, mi hermana y su amiga, la cuidan con esmero: alfombras y sofás, cortinas y estanterías, todo parece colocado ahí para engendrar sosiego, e incluso los bibelots que han puesto en el lavabo transmiten una paz que casi nunca logro sentir en otros sitios. Sus dos perras, que empiezan ya a reconocerme aunque pase tiempo sin ir, deambulan por la terraza o el jardín y entran poco a la casa. La mayor se tumba con frecuencia y resopla con la mirada perdida como si algún atisbo de conciencia pasara fugazmente por su interior en esos momentos. La pequeña, con sus patitas traseras descoordinadas, se asusta de mí al principio (reminiscencias, al parecer, de un dueño anterior poco cariñoso), pero luego no para de jugar y de correr de un lado para otro. El paseo que dimos al atardecer, además de ayudarnos a digerir el cordero que almorzamos, tenía como objetivo que las perras pudieran expandirse. Subimos una cuesta que desembocaba directamente en una pared de rocas, uno de los límites del pueblo ―ya a partir de ahí habría que tajar la montaña para seguir construyendo. Giramos luego a la izquierda y nos fuimos adentrando por urbanizaciones de chalés. Apenas nos cruzamos con nadie. Casi de cada chalé asomaban los hocicos de perros normalmente ya viejos que ladraban roncos al oírnos pasar. Parecían los únicos habitantes de aquellas casas. Más que guardarlas o protegerlas, se diría que hubieran sido abandonados en ellas para siempre. ¿Estaban reclamando nuestra ayuda, veían a las dos perras como intercesoras entre su soledad y nuestro amparo? ¿O simplemente nos amenazaban, monstruos como eran algunos con sus pelambreras resecas y sus lenguas jadeantes, por atrevernos a bordear su territorio? Había ―para mí por lo menos― un cierto desamparo en todo aquello, la impresión inquietante de que atravesábamos calles desoladas, sin ninguna alegría, con balcones o jardines a un lado y a otro en los que nadie se sentaba a conversar, a tomar café o a jugar. En uno de los chalés se oía música como de un chill-out dominguero en el que una buena pandilla de adolescentes estaría finiquitando, pensé, las existencias de droga del fin de semana. En el garaje de otro chalé un niño jugaba solitario lanzándole patadas a un balón contra la puerta de metal. Por un momento pensé que todo aquello era el sueño entremezclado de nosotros cinco: sueños humanos mezclados con sueños perrunos e impresos sobre el vacío de la tarde. Hasta que vimos al gato. Tumbado de costado junto al muro de una pequeña cancha de deporte, muerto, ya algo sucio, probablemente golpeado por algún coche o quizá incluso por los jóvenes que solían reunirse allí por las noches. La amiga de mi hermana lo tocó para saber si llevaba mucho tiempo muerto. Estaba ya algo rígido. Como el gato llevaba un collar y podía pensarse que tenía dueño, mi hermana propuso vagamente no sé si recogerlo o intentar localizar el chip. Ninguno se atrevió a nada. Yo sentí la malsana curiosidad de saber si el gato tenía los ojos cerrados o si seguía teniéndolos abiertos después de muerto. Di un par de pasos: los tenía cerrados. No sé por qué, pero en mi cabeza no dejaba de ver a aquel gato saltando, corriendo, deslizándose poco tiempo antes, no lograba dejar de verlo vivo al tiempo que yacía ahora muerto. Entre esas dos fases hay normalmente un abismo y no se puede estar en una a la vez que en la otra. Para mí, sin embargo, era como si aquel gato no hubiera dejado de estar vivo pese a estar ahora muerto. No sé cómo explicarlo y posiblemente no sea exactamente como lo digo. Su muerte no venía después de su vida, sino que se entremezclaba con ella a cada instante; y su vida, o tal vez solo su cuerpo, su expresión, su forma, su presencia, seguían estando allí aunque hubiera muerto. Luego regresamos, pues en un par de horas salía mi autobús de regreso.

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