Veintiséis

Dejar el texto abierto o, más que el texto, el archivo en que este va guardándose: como un cuaderno que se abandona por la noche en una mesa junto a una ventana, disponible siempre que se quiera para ser abordado, para garabatear en él algún apunte, una impresión, unas palabras súbitas que de otro modo serían enseguida olvidadas. No cerrar el archivo a modo de experimento: como si el carácter repentino que tuvo el texto en su origen lo siguiera conformando, como si las lagunas en que no se escribe fueran parte también de la escritura, tensos momentos de vacío en los que el texto sigue, no obstante, ostentosamente ahí, a la vista, en la pantalla. No tener, cada vez que se siente el confuso deseo de escribir, que encender el ordenador y esperar los varios minutos que tarda en estar listo. Sin embargo, esta disposición permanente, por llamarla así, ¿no nos obligaría a escribir compulsivamente, por nada, en cualquier momento, al tuntún? No sé. Imagino que lo que se tiene a mano comporta estos riesgos: puedo disponer de ti cuando quiera, texto, sin pensármelo dos veces puedo abalanzarme sobre ti y manosearte o desgarrarte introduciendo entre tus líneas mis manos, o mis lúbricos labios entre tus palabras. ¿Y con qué otra actitud si no, con qué pose señorial, distante, comedida, habría de acercarme casi de puntillas al teclado? ¿Y en vez de aporrearlo qué debería hacer, acariciarlo o pulsar cada tecla como si fuera una especie de llama sagrada y frágil constitutiva de un futuro fuego espiritual y salvífico? Si ni siquiera limpio el polvo que se va acumulando en la pantalla, ¡qué tanta delicadeza habría de tener con las teclas y con las palabras! Hasta el miedo a que el texto pudiera perderse me parece ridículo. Sin embargo, es real. Lo tengo guardado en la memoria del ordenador y en un lápiz electrónico que suelo llevar conmigo en el bolsillo del pantalón; como me ha parecido poco, lo voy enviando periódicamente a mi propio correo como medida de seguridad. En fin. No tenía estos temores cuando escribía a mano y dejaba guardadas en una gaveta las hojas sueltas que emborronaba. Alguna vez pensaba en la posibilidad de un incendio, es verdad. Pero había en la letra manuscrita algo protector, como si un gesto nacido del propio cuerpo conservara en cierto modo la huella del mismo. Ahora, en cambio, todo parece escrito en el aire, sin cuerpo, detrás de estas constelaciones de polvo que alguna vez, seguro, acabarán por impedirme ver lo que escribo.

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