Veintisiete

Casi todos los cuadros eran mediocres y desmerecían, sin duda, de la altura intelectual del coleccionista, pero quizás eran lo que había quedado tras la rapiña de sus herederos, tras las ventas apresuradas por estrecheces propias de la posguerra, tras algún que otro regalo o intercambio. Me sorprendió, sin embargo, que tres de las mejores piezas fueran obra de aquel pintor a quien yo había visitado en mi juventud junto con un amigo. Vecino del barrio, sordomudo, afeminado y con un apellido extranjero que lo hacía aún más misterioso para nosotros, un día concertamos una cita y nos presentamos en su casa con un cuestionario. Ayudado por su hija, que nos iba traduciendo lo que decía, la verdad es que la entrevista acabó siendo bastante decepcionante. No había discurso, se le veía obsesionado con la figura de un pintor célebre, ya muerto, de su generación, que parecía haber desempeñado un papel casi tutelar para él; no nos mostró apenas cuadros suyos, a pesar de que lo recuerdo levantándose con agilidad y desapareciendo en alguna habitación para volver enseguida con algún recorte de periódico, si no recuerdo mal, en el que aparecía de joven con sus amigos pintores. Mi madre, que lo conocía casi desde niña, me dijo que se había casado con una mujer sordomuda igual que él y que, en cambio, su única hija había nacido sin ningún tipo de discapacidad. Viudo desde hacía unos años, al parecer su ostentoso afeminamiento y algunas fiestas atrevidas para la época le habían granjeado cierta animadversión en el barrio. Recuerdo que estuvimos unas dos horas en aquel piso en penumbra, espacioso, sentados en un sofá mi amigo y yo, unos veinteañeros que llegamos con la ilusión de conversar con un pintor que había pertenecido a una generación mítica y salimos con la decepción de que apenas nos hubiera contado nada. Se deshacía en elogios de su compañero de generación, por el que sentía verdadera veneración, y en cambio no aportaba opinión alguna sobre otros nombres, acaso más importantes, del arte contemporáneo. Después de aquella entrevista lo vi alguna vez más por las calles del barrio, siempre con su prisa habitual, como si le faltara tiempo o quisiera enfrentarse a la apatía de sus conciudadanos, hasta que un día supe que había muerto, al parecer de un derrame cerebral, en el estudio que tenía alquilado cerca de su casa. Nunca más volví a saber de su hija, que era un par de años más joven que yo, y nunca, creo, me había vuelto a acordar de él hasta que he visto hoy estos tres cuadros. “Angustia” se titula el primero: unas montañas triangulares cada una de diferente color entre las que asoman un par de raquíticos árboles bajo un cielo azul intenso. Los otros dos son un díptico: “Paseo” y “La pescadora”, compuestos de franjas verticales de colores apagados cruzadas por alguna figura solitaria que parece moverse de aquí para allá o hacia ninguna parte. Son cuadros de mediados de los años cincuenta, cuando el pintor contaba tan solo con poco más de veinte años de edad. Había nacido, según el catálogo de la exposición, en 1930 en Rosario (Argentina). Como fecha de su muerte se aportaba vagamente “los años 90”, lo que no dejaba de revelar el escaso rigor de una exposición cuyo comisario ni siquiera se había preocupado por informarse del año de fallecimiento de un pintor que perteneció al importante grupo denominado Los Arqueros Del Arte Contemporáneo. Yo no recordaba haber visto con anterioridad otras obras suyas, aunque alguna debimos de ver en su casa, y me parecieron casi las más valiosas de una colección más bien pobre. Anunciaban a un pintor que tal vez luego la vida se encargó de neutralizar: parecía estar siempre huyendo, como los personajes difusos de sus cuadros, ¿huyendo de sí mismo, de los otros, de su época, de la isla, de aquel barrio, del pasado o acaso de sus propios límites insuperables?

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