Veintiocho

Para poder ver la película sin tener que restarle minutos al sueño he tenido que condensar al máximo el paseo: he estado apenas diez minutos fuera, pero me ha dado tiempo de comprar los somníferos, que se me habían acabado (estoy tomando media pastilla ya a diario), y una bolsa de escarolas para la ensalada. En la cuestión de la comida, a diferencia de otras épocas, tiendo a comprar lo justo para la noche, no solo porque me da así la sensación de que no gasto tanto, sino porque es una excusa para dar al menos un pequeño paseo cada día. Así veo gente y me imagino por un momento, como me ha pasado hoy, que atravieso las calles de mi juventud y que en cualquier momento me encontraré con algún conocido al que saludaré y con el que, incluso, me quedaré un rato hablando. Pero enseguida me doy cuenta de que esto, salvo gran coincidencia, es imposible: no conozco apenas a nadie en este barrio, además de que, como no estoy muy sociable últimamente, casi no he hecho amistades nuevas. El sol me daba de frente y me deslumbraba. Volví la cabeza un par de veces: es un feo hábito que tengo desde niño y que, aunque he corregido bastante, de vez en cuando aflora sin control. Suelo volverla cuando alguien me gusta, no sé si porque quiero verlo también de espaldas o porque quiero apreciarlo una vez más o tal vez porque albergo la esperanza de que me mire a su vez (aunque esto casi nunca ocurra). El muchacho que suele cobrar en la frutería tiene cara y hasta cuerpo de niño, aunque quizá pase de los veinte. Parece tailandés pero debe de ser peruano o ecuatoriano. Usa unos guantes de látex para pesar las frutas y verduras que los clientes le entregan. Tendría que cambiárselos más a menudo, pues me parecieron sucios cuando le di las monedas. Me encantan los rasgos de su cara y el color de su piel, pero no sabría cómo tratar de hombre a hombre a alguien tan frágil y aniñado. A esta hora de la tarde la calle está llena de gente y cuesta caminar manteniéndose en línea recta: hay que ir sorteando a quienes vienen de frente o a quienes van más despacio delante de nosotros; un buen método, a veces, es mantenerse en la pequeña franja de acera que queda entre los árboles y la calzada, pero a veces hay en ella contenedores o motos aparcadas que dificultan el paso. Cuando regresaba me di cuenta de que se ven al menos dos grúas sobre los tejados al final de la calle en que vivo. Creo que nunca las había visto. En lo que siempre me fijo es en el estudio situado casi justo frente a mi portal, que sigue vacío. Casualmente, lo visité el mismo día en que visité mi actual piso y si no me decidí por él es porque no estaba amueblado. Se trata de un inmueble nuevo con una pequeña piscina que aquel día, cuando me la enseñaron, me tentó. Cada vez que paso frente al balcón del estudio siento que asisto furtivamente a la vida del otro que hubiera podido ser si lo hubiera escogido como mi vivienda.

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