Veintinueve

Mientras agradecía por correo electrónico el envío de algunos libros a los amigos que me los habían mandado, no podía evitar escuchar la conversación del dueño o empleado del locutorio con un amigo suyo. Veinteañeros, dominicanos, mulatos de estética rasta, hablaban un español caribeño del que se me escapaban a veces palabras o expresiones. Como no les prestaba atención, además, ni miraba hacia ellos, lo que captaba eran fragmentos inconexos de conversación. Las palabras salían de sus bocas aderezadas con diversos sonidos inarticulados: risas, rebufos, interjecciones, chasquidos; imagino asimismo que el repertorio de gestos debía de ser amplio. Entre lo que capté, me pareció revelador que uno de ellos se jactara de los quinientos euros que próximamente pensaba gastarse en ropa y calzado, mientras que el otro, más sensato, más modesto o más pobre, afirmaba estar decidido a limitarse a doscientos. La parte final estuvo dedicada a intercambiar con cierta sordina impresiones sobre mujeres que habían conquistado o a las que pensaban conquistar. Una estaba saliendo recientemente con alguien, pero había posibilidades de seducirla, pues eso no quería decir nada. Otra, flaca, morena, había sido indescriptible en la cama. Una tercera, de profesión policía, estaba casada, según me pareció entender, y disponible para su amante, uno de los narradores, siempre que este quisiera. Además de una alusión rápida a algún carnaval, tal vez el de su isla natal, esto fue todo lo que quedó grabado en mi memoria en la casi media hora que permanecí en el locutorio. Cuando iba a pagar pude fijarme un poco en los conversadores: muy parecidos los dos, el que estaba de pie junto al mostrador era un muchacho alto y, como en ese momento me daba la espalda, observé que sus pantalones caídos dejaban entrever el slip a rayas que recubría su trasero de negro: lo ostentaba, pensé, como un atributo más de su virilidad. Una virilidad estridente, previsible, exhibicionista, triste y vulgar.

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