Treinta y uno

Hace un par de semanas la limpié, pero ya vuelve a estar llena de polvo la pantalla del ordenador. Las motas, filamentos y minúsculos remolinos se enredan con las letras, blancos fosforescentes entre un negro casi espectral. Mal augurio para lo que escribo. Sigamos, sin embargo, casi a tientas. Anoche vimos Graziel y yo una película en el ordenador. Comimos mientras tanto una pizza familiar que nos trajo a los veinte minutos de encargarla un repartidor latinoamericano que debía de tener más de cuarenta años. Destaco su edad porque cuando le abrí la puerta esperaba encontrarme al típico adolescente que reparte con su moto pizzas para ganarse un dinero extra, pero me sorprendió que el hombre que vestía la ropa roja y la gorra de visera también roja tuviera todo el aspecto de un padre de familia. Las pocas veces que he encargado comida por teléfono y me la han traído a casa me he sentido mal: me hace sentirme cómodamente refugiado mientras otros se exponen al tráfico, a la lluvia y a cualquier otra coyuntura imaginable para depositar en mis manos lo que voy a comer. Luego pienso que no es más que un intercambio comercial como tantos otros y que no tiene sentido devanarse la moral por algo tan común hoy en día. Graziel es pura dulzura y pura sensualidad, además de un ser sencillo, atento y cariñoso. Creo que yo le gusto de verdad y que soy el tipo de persona con la que se siente bien. Hubo, sin embargo, un momento mientras estábamos en la cama en el que mi mente empezó a enredarse en pensamientos extraños. Estábamos abrazados, yo sobre él, y sentía el peso de mi cuerpo sobre el suyo, más delgado, más joven, más suave, casi imberbe. La frotación de mi cuerpo de adulto sobre el suyo de joven me turbó, notaba la grasa de mi estómago bamboleándose sobre su piel y los rizos espesos de mi vello corporal (que al final no tuve tiempo de recortar) como si fueran púas que la dañaran. Me desconcentré por unos instantes mientras pensaba o sentía todo esto y perdí un poco de erección. Enseguida me dije que estaba equivocado, que tal vez eran precisamente todos esos signos de un cuerpo adulto, que a mí casi me asqueaban, los que excitaban a Graziel y los que, unidos a no sé qué simpatía que pudiera encontrar en mí, le hacían sentirse bien a mi lado. De todas formas, me veía especialmente torpe con él, como si hubiera perdido destreza o agilidad o como si estuviera demasiado cansado ―y no lo estaba. Es la primera vez que pienso que, al margen de la potencia sexual que inevitablemente va decayendo poco a poco con la edad, tal vez he perdido condiciones, es decir, en el fondo, imaginación, en la cama.

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