Treinta y dos

La noche del 23 de abril compramos (él, tú y yo) dos libros, uno para nosotros y otro para el chico que nos gustaba. Este último lo elegimos sin pensarlo demasiado, guiándonos por la confianza que depositábamos en su autor, legible pero inteligente, ameno pero sutil, y en el libro, que habíamos leído unos años antes y trataba de un hombre que adquiere la capacidad de volar. El chico que nos gustaba era extranjero y poseía una cierta levedad o gracia que se manifestaba sobre todo cuando sonreía o caminaba y que se conjugaba bien, pensamos, con el libro que íbamos a regalarle. Sabíamos que leía nuestro idioma, no demasiado lejano del suyo, porque días atrás nos había enseñado un libro que estaba terminando y que, para nuestro regocijo, no se trataba de un bestseller. En cuanto al libro que nos compramos a nosotros mismos, no es que nos hubiéramos lanzado al vacío a la hora de escogerlo, pero habíamos elegido a un autor al que, aun de enorme prestigio, no conocíamos bien y cuyos libros, unos nueve o diez incluyendo el único que habíamos leído, tintinearon (es un decir), unos junto a otros como estaban, bajo nuestros dedos durante unos minutos en su correspondiente estante de la librería mientras escogíamos, con relativa despreocupación, uno de ellos. Si tan bueno es, nos decíamos, todos serán buenos. Yo me decantaba por uno cuyo tema central era el descubrimiento del ajedrez por parte del protagonista y la seducción que este juego ejercería sobre él el resto de su vida. Tú parecías preferir una insólita obra que se presentaba como el comentario apócrifo de un poema acaso póstumo. Él, que fue finalmente el vencedor, optaba por la novela que parecía de más fácil lectura, la historia de un emigrante ruso, según la contraportada el libro más lleno de humor entre todos los de su autor. Pero si da igual, al final los acabaremos leyendo todos, decía él intentando convencernos. Lo que ahora mismo nos interesaría, te oí susurrar sin demasiado entusiasmo, es una lectura rara que nos transporte a una dimensión del lenguaje novedosa y atípica. Yo intenté contrarrestar argumentos tan mediocres encomiando el antiguo y fértil vínculo entre ajedrez y literatura, laberintos mentales y metáforas del campo de batalla de la vida. Nadie me escuchó. No nos escuchábamos. O, si nos escuchábamos, era para contradecirnos inmediatamente. No comprendíamos (yo, tú, él) que daba igual el libro que compráramos para nosotros mismos porque en lo otro, en el libro escogido para el chico que nos gustaba, que era lo importante, habíamos estado de acuerdo y, casi con toda seguridad, acertado. Cuando salimos de la librería, con los dos libros en la bolsa, uno de ellos envuelto en papel de regalo, una multitud casi como de los años veinte berlineses (según la reflejan algunos cuadros de la época) inundaba las calles. Nos sentamos en la primera cafetería que encontramos, en una mesa junto al ventanal (era más cómodo, y hasta más pictórico, ver pasar a la multitud que formar parte de ella), y pedimos una caña, que vino acompañada de un plato de aceitunas ligeramente picantes. El chico que nos gustaba había quedado en llamarnos esa noche, pues nos echaba de menos, según había dicho, pero iba pasando el tiempo, ya eran casi las diez y aún no había llamado. Entre pedir una segunda caña, hojear el libro que nos habíamos comprado y contemplar los rostros y andares de los transeúntes, que parecían ir o venir todos al mismo o del mismo sitio, decidimos, para no tener que volver a decidir, abordar a la vez las tres opciones, es decir: pedir una segunda caña e ir sorbiéndola mientras alternábamos la lectura y la contemplación. Si no llama podríamos llamarlo nosotros a él, dijo alguien. Sí, todo menos acabar dando tumbos a solas, quiero decir los tres solos, por las calles siniestras de cierto barrio que ya conocéis, dijo otro. No sé a qué te refieres, querido, pero en cualquier caso aún no hemos cenado, así que nos queda todavía esa excusa para seguir haciendo tiempo hasta que llame (o, lo que es lo mismo, engañándonos a nosotros mismos), se oyó decir. Así que nos fuimos en busca de un restaurante.

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