Treinta y tres

Me he quedado después de comer un largo rato bebiendo un licor de hierbas. Había un televisor casi enfrente de mí. Retransmitían un partido de tenis. Estaba emocionante y permanecí casi una hora viéndolo. A un lado tenía las mesas y al otro la barra del restaurante. La gente estaba terminando de comer, o había terminado ya, e iban llegando grupos o personas que se conocían y se unían al matrimonio con dos niños sentado en una mesa del fondo o al anciano que bebía un whisky apostado en la barra. Todo el mundo parecía conocerse, e incluso los camareros se integraban de vez en cuando en las conversaciones o daban abrazos a los clientes que entraban. Nadie era joven, todos pasaban de los cuarenta y se movían con cierto balanceo que denotaba las copas de la sobremesa. También yo, aunque permanecía sentado, notaba un ligero mareo, la sensación de estar vagamente flotando en un lugar sin tiempo, como si diera lo mismo estar sentado allí que en cualquier otro sitio, ver un partido de tenis o no hacer absolutamente nada. Los niños, niño y niña, jugaban a esconderse tras un biombo que separaba la zona de las mesas de la zona de la barra. El anciano, que cuando llegué estaba comiendo en una mesa detrás de la mía, parecía atender desde la barra a cada muchacha que pasaba por la calle y cuya fugaz aparición comentaba jocosamente con uno de los camareros. Luego, en un momento de intuición que no tendría por qué ser certera, sentí que lo que aquel anciano buscaba no era el cuerpo turgente y voluptuoso de una mujer con la que frotarse, sino un poco de compañía o de ternura, gente con la que hablar o por la que ser acariciado ―como casi todo el mundo, supongo. Creo que fue después de captarle una sonrisa tierna, no dirigida hacia mí sino hacia una señora mayor que acababa de entrar, lo que me indujo a pensar eso. El partido de tenis llegó a un empate antes del set decisivo y decidí marcharme. Estuve tentado de pedir un segundo licor de hierbas, pero se me impuso el deseo de llegar a casa después del largo paseo de la mañana. Las calles del barrio estaban semidesiertas. Casualmente, el anciano de la barra había salido justo antes que yo y ahora iba delante de mí en la misma dirección. Pensé que entraría en el siguiente bar, pero me equivoqué. El humo de su cigarrillo salía a bocanadas como del interior de su cuerpo de una manera ansiosa, desesperada. Su figura, menuda; los hombros, estrechos, dentro de una camisa de talla superior a la suya, de mangas bajas que escondían sus manos. Me detuve a sacar dinero en un cajero y cuando seguí caminando ya no lo vi más. Llegué a mi casa y me tumbé en el sofá a leer. Resonaba un balón contra el muro del patio, acaso el juego de un niño solitario. Luego oí una voz masculina y el balón se calló. Si dejaba la mano quieta izquierda sobre el apoyabrazos me temblaban ligeramente los dedos. Desde el patio, rebotada por la pared blanca de enfrente, entraba una luz que encandilaba. Bajé las persianas y hubiera querido dejarme dormir.

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