Treinta y cuatro

Hundía mi cabeza en tu pecho en busca de una verdad incuestionable. La noche había transcurrido entre risotadas ajenas, bullicio, máscaras de sonrisas que sólo intentan confundir o engatusar, amistades de dudoso calibre que me ibas presentando sin que yo hiciera el menor esfuerzo por recordar sus nombres. Deambulaba por los pasillos más recónditos de la desconfianza, me enredaba en suspicacias que cualquier mínima señal originaba, no lograba encontrar ningún vínculo entre lo que me rodeaba y yo. Me recordaba solo en ese mismo lugar, en otras ocasiones, y, aunque a veces desanimado por la soledad, no creía haber estado nunca tan lejos de la plenitud como esa noche. Así que ahora, con mi cara hundida debajo de tu cuello, en busca de un aroma inequívoco, de una verdad escondida en tus latidos, prefería no recordar de dónde veníamos. Quería que tu cuerpo me enseñara a liberarme de todo lo que me alejaba de él. La piel contra la desconfianza. El aroma contra la duda. El calor contra la incertidumbre. Nos besamos con la dulzura de quienes se habían perdido. Rodeado por mis brazos, tu cara junto a la mía, los labios en un bisbiseo como de néctar libado, susurraste unas palabras que yo me creí: qué bien me siento ahora así contigo. Te pedí que te volvieras de lado, dándome la espalda, y empecé a acariciarte con mi mano izquierda ―pues el brazo derecho estaba extendido hasta tu almohada― a modo de masaje. Desde el cuello hasta el final de la espalda, y luego a la inversa hasta la cabeza, mis manos pasaban por tus hombros, por tu costado izquierdo, por las vértebras de la espina dorsal, se detenían un momento en tu cintura, volvían a subir hasta los omoplatos, navegaban la nuca y volvían a hundirse una vez más en tu pelo. Noté que poco a poco tu respiración se iba acompasando, hasta que te dormiste. Tu espalda brillaba en la noche bajo mis ojos que no lograban cerrarse. La piel había logrado lo que acaso no consiguen las palabras: infundirle una calma al corazón, el bálsamo de un miedo conjurado, al menos hasta el día siguiente, al menos esa noche, o lo que quedaba de ella.

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