Treinta y cinco

Sabes que nada vas a descubrir, por mucho que te adentres entre esos pocos fresnos dispersos en el borde del parque. Aunque hayan marcado cada uno con una cinta azul que indica acaso la fecha de su plantación, o el último control al que han sido sometidos, no tienen nombre, igual que este lugar, igual que tú en el breve instante en que tu conciencia deja de atenderse a sí misma y suelta como un lastre casi todos los puntos de referencia. Encontrar un lugar en el que estar a solas dentro de la ciudad superpoblada: una discreta ganancia de hoy. El sistema aplicado ha sido montarte en una de las líneas de autobús que pasan cerca de tu casa y bajarte en la última parada. Una vez allí, empezar a caminar por una de las calles, dejando atrás el centro cultural, en dirección a lo que parecía un descampado en alto desde el que se divisaba la sierra con las pocas manchas de nieve que aún la cubren. Abajo, y a lo lejos, calles trazadas como para una futura urbanización. Como indicaba el mapa que miraste en la parada de autobús, estás en uno de los límites de la ciudad, hacia el noroeste. El lugar se parece a como lo imaginaste después de ver el mapa. Lo que no te esperabas es esta hondonada que conduce a los fresnos, las manchas de musgo en la corteza, musgo amarillo que intentas raspar aunque no tengas uñas. Flores blancas y rojas, amarillas y lilas, flores sin nombre, espontáneas, pequeñas. Algunos cardos, un par de pinos, fresnos. Más arriba, un vallado de puntas cortantes protege un amplio recinto que parece una fábrica, o un depósito, por el que se pasea un único obrero, con mono y casco azules. Apoyas el libro y el cuaderno en la uve que forman dos ramas de un fresno y escuchas las cigarras escondidas en la hierba. A lo lejos se ven paseantes con sus perros, parejas, algún que otro hombre solitario, pero nadie parece venir a este lugar. Fantaseas con la idea de haber encontrado un lugar de descanso, una especie de refugio en medio de la ciudad, pero los restos de presencia humana ―un calcetín, un paquete de tabaco, un tetrabrik de zumo de naranja y otros objetos que la mirada no retiene― te convencen de que tu soledad aquí es tan solo un espejismo. El ruido de los coches que pasan por la autopista cercana, la enorme torreta de la luz junto a la fábrica no contribuyen al débil sentimiento idílico que por un momento te sobreviene. Las florecillas blancas parecen margaritas, pero no lo son, lo mismo que las rojas tampoco son en realidad amapolas. Tú sí que eres quien ha estado aquí aunque a nadie, ni a ti mismo, le importe. ¿Es estar lo importante? ¿Haber estado hoy aquí aunque ni aquí ni hoy puedan ser de verdad aquí y hoy?

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