Treinta y seis

¿Qué ha sido todo hoy, este otro hoy? ¿Una espiral de rutina desde la mañana a la noche? La misma hora a la que me levanto a diario, la misma línea de metro, el mismo autobús que sale siempre a la misma hora (e incluso agradece uno que últimamente no falle). Caras repetidas en los asientos de atrás, donde me instalo, la misma compañera con la que coincido los jueves (cargada con los mismos apuntes caóticos en una mano, el mismo bolso en la otra, y propulsada como un bólido parlante por la misma conversación insípida, demoledora). Asumí, claro, el mismo horario de todos los jueves: la clase de primera hora no deparó ninguna sorpresa (los mismos alumnos brillantes, resabiados, apáticos, futuros médicos o ingenieros sin demasiadas ganas de aprender la sintaxis de la oración compuesta); a segunda hora había un grupo de sólo doce alumnos porque el resto de la clase se ha ido a un viaje de intercambio europeo: las palabras que leímos, sobre un caballo de madera que vuela y no vuela al mismo tiempo y sobre el que, montados, conversan dos extraños personajes que nada tienen de tontos aunque se hagan pasar por ello, no las entendieron, creo; como el día anterior les había puesto un castigo a algunos por estarse pasando furtivamente una lista en la que iban puntuando diversas cualidades físicas de compañeras suyas, discutimos un poco sobre el asunto y, dado que los castigados opinaban que lo que habían hecho no era grave, les dije que todo dependía de cómo se mirara; a continuación pregunté en alto si me consideraban demasiado estricto y uno de los alumnos (que no estaba entre los castigados) me contestó que todavía no lo había sido (respuesta que me pareció cuando menos ambigua, pues si bien afirmaba que no lo había sido dejaba entrever la posibilidad o la sospecha de que lo fuera algún día); en la clase de tercera hora, y última del día, una alumna (que por lo general suele pasar buena parte del tiempo pintándose las uñas, mirándose en un espejito de bolsillo o alisándose el pelo) tomaba tranquilamente el sol junto a la ventana; era tal su expresión de placer, tal el sobrecogimiento que denotaban sus ojos entrecerrados (era en ese momento el único individuo al que llegaba aquel rayo de sol), que se sobresaltó cuando le pregunté si estaba disfrutando y si se había puesto alguna crema bronceadora para que el efecto del sol sobre su piel pudiera notarse lo antes posible; de resto, durante esa última clase, con la que siempre acabo riéndome aunque siempre me exasperen, entregué corregido el examen de sintaxis, que aprobaron aproximadamente dos tercios de la clase. Al finalizar mi jornada laboral de los jueves, me encaminé hacia la estación de tren por las mismas calles de siempre. Era media mañana. El sol ya se había escondido tras las nubes, el viento soplaba en el andén y empezó a lloviznar. Luego llegó el tren y me monté en él.

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