Treinta y siete

Otro tanto, en cuanto a la monotonía, sucede por las noches. Obligado a acostarme a una hora fija, y habituado desde hace ya meses a consumir media pastilla de somnífero para poder dormir, los rituales que preceden a la adopción de la postura supina suelen repetirse sin demasiada variación. Ahorremos ―a quien quiera que sea― el relato de una nueva monotonía. Fijémonos en los momentos justamente posteriores a la entrada en el dormitorio. Después de orinar, beber agua, agrupar sobre la mesa las llaves, la cartera y el bolígrafo que irán al día siguiente en los bolsillos del pantalón; después, por último, de apagar la luz de la sala y de cerrar con llave la puerta de la entrada, tiene lugar el paso a ese otro espacio, interior (sin ventanas), del dormitorio. Compruebo con una linterna que no hay cucarachas bajo la cama, sacudo las sábanas con el mismo objetivo, me desvisto para acostarme. Últimamente me he acostumbrado a rociarme la piel con una colonia a granel que tiene la virtud de insuflarle al aire algo cargado del cuarto un frescor grato aunque sea artificial. Pecho, nuca, hombros, brazos, piernas. Todo bien rociado de colonia. Antes o después de esta operación he programado tanto el despertador eléctrico como el despertador del móvil para que me despierten siempre a la misma hora de la mañana. (Sonarán con un intervalo de menos de un minuto uno de otro.) Tumbado boca arriba, con la sábana hasta la cintura, el cuerpo aún medio húmedo por la colonia, un desfile de imágenes comienza a pasearse por la mente. Aún no demasiado amodorrado por el somnífero, creo estúpidamente que lograré estirar un poco el tiempo de ese día casi a punto de agotarse entregándome al placer solitario. Me propongo al principio zambullirme en la memoria del día que termina para volver, triunfante buscador de perlas, con el ejemplar más brillante, rescatado por mí del fúnebre olvido en que caería si no fuera por mi mirada ávida, por mi insaciable deseo. Intento no desanimarme demasiado cuando compruebo que apenas he conservado imágenes vistosas de ese día, o que no son tan consistentes como para hilar en torno a ellas el ritual casi alquímico al que quiero entregarme. Y al final acabo desistiendo: ninguno de los rostros, figuras, cuerpos o presencias con que me he cruzado a lo largo del día es lo suficientemente poderoso como para propiciar esa alquimia. ¿Hubieran hecho falta palabras, una conversación, algún tipo de escena o de encuentro para desencadenar luego, en la soledad del dormitorio, la fiebre del cuerpo, el estremecimiento de la piel, el volcán del orgasmo? Recurro, en cualquier caso, a un catálogo ya antiguo: imágenes guardadas hace años, recurrentes, normalmente infalibles. Una vez más, todo es previsible. El efecto sedante del somnífero afecta, sin duda, a la potencia viril, pero también es verdad que esta decrece con el paso del tiempo, poco a poco, muy lentamente, lo mismo que cada vez son más pobres la descarga, el placer que conlleva y el temblor que nos sacude hasta la calma final. Los ojos siguen abiertos cuando apago la luz. Me doy la vuelta. Hundo la cara, boca abajo, en una sábana que pronto, quizás, habría que cambiar. Cada vez noto más los muelles del colchón.

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