Treinta y ocho

Volver a casa a media tarde. Saludar con una inclinación de cabeza al grupo de vecinos reunido en el patio. Entrar en el piso cargado con el portafolios del trabajo y dos chaquetas negras en un brazo (una, la que me puse esta mañana antes de salir; otra, la que olvidé ayer por la tarde en un bar y, con gran fortuna, acabo de recuperar). Revisar el suelo en el que hace unos días que, por obra de las múltiples medidas puestas en práctica, no aparece ningún ortóptero vivo o muerto. Abrir la puerta del balcón para ventilar un poco el piso. Escuchar las risas de los vecinos en el patio. Beber un vaso de zumo de piña y uva. Defecar. Hacerlo de tres veces, con la abundancia de quien no ha ido al baño en dos días. Sentir un ligero ardor en el ano y otro ligero ardor en el pene y pensar que son ardores distintos que no tienen por qué estar relacionados. Contemplar desde el baño a oscuras la estantería abundantemente iluminada, cada libro destacado en ella por su color y su forma: sin ningún orden pero exactamente así en ese momento, como si así debiera ser. Lavarme las manos con el jabón azul. Seguir postergando el momento en que habré de sentarme a la mesa para escribir en el ordenador. No querer dejarles a las imágenes que acuden más que una rendija muy pequeña en la mente. Sentir miedo de que esas imágenes desemboquen en un vacío de imágenes parecido a un abismo. Y al mismo tiempo reconocer que si el asedio ha empezado debe hacérsele frente, y que el único modo es escribiendo, dotando a las imágenes de un ritmo, haciéndolas que se encadenen en una sucesión, en vez de abrir orificios simultáneos como siempre ocurre. Y aun a riesgo de perderlas, de perder acaso las más importantes de todas, conservarlas de la única manera que sé: encerrándolas aquí en unas palabras que quizá solo a mí mismo me sirvan para algo. Ver con nitidez la curva de la estrecha carretera, asfaltada no mucho tiempo atrás, antes camino de tierra en el que los coches derrapaban si iban demasiado rápido. Escuchar la voz de aquel socio del club que me bajó por la tarde en su coche a la ciudad, escuchar su grito mientras se asoma por la ventanilla para llamar a la muchacha, el chirrido de las ruedas que frenan, el coche que parece deslizarse peligrosamente al derrapar. Estremecerse al pensar que el barranco está al lado y que, aunque no es muy profundo, a esa velocidad el coche acabaría hecho un amasijo en su fondo, con nosotros dentro. Imaginar la risa de la muchacha, o verla al volverme, o quién sabe si por el espejo retrovisor, la risa distendida de la muchacha que conoce ya a ese señor de otras ocasiones, tal vez de algún encuentro, la hija de quienes viven en la casa destartalada al borde de la carretera, una pareja casi siempre oculta, la muchacha de risa fresca y de cabello polvoriento, de figura sinuosa y de vestido pobre. Lentamente dejar que la mirada retroceda hasta los bancales al borde del barranco, en el atardecer, la mirada naciente envuelta en tantas sombras, las sombras de los árboles, las sombras de las piedras, las sombras que proyecta el coche a medida que avanza, todas las sombras de la vida. Recordar, no, casi tocar las plantas del barranco, el temor de encontrarme de pronto allí solo en medio de la noche, abandonado por el hombre que quiere darle un paseo a la muchacha, imaginar incluso las noches de ella en la soledad del lugar, los padres escondidos en su inmundo cuartucho, ella en el alboroto de la sangre que late en el interior de la noche. Recordar la bocina que resuena mientras el coche avanza de nuevo, ¿o son los gritos?, y seguimos nuestro camino hasta el comienzo del barranco, hasta la ciudad protectora en que me esperan el final de la tarde, un cuarto, unos libros de texto, unos padres honrados, la cena, la cama, el sueño, las preguntas.

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