Treinta y nueve

¿De verdad tu mirada, cuando encuentra mi rostro (tras buscarlo, ojalá), se detiene en él como una caricia, se deleita de algún modo que no puedo entender porque detrás del rostro hay para ella alguna realidad espiritual amada, algo parecido a lo que otros llaman alma que, unido a ti a través de la mirada, a través del rostro y de la piel mirados, enciende en tu interior una emoción auténtica, un calor casi físico, un bienestar del ser o algo similar difícil de definir con palabras? ¿O bien estoy encerrado en un simulacro casi perfecto, en un jardín de máscaras en que la mía, la que llevo sin saberlo sobre el rostro, desempeña también un papel principal, junto a la tuya, y sin darnos cuenta, o sin darme yo cuenta, estamos representando una comedia amable para ambos, complaciente, un vodevil con el que llenamos las horas muertas de la vida? Es tan difícil saberlo, como si fuera esta vez más difícil que nunca, quizás porque va a ser cada vez más incierta cualquier verdad de nuestra vida a partir de ahora o tal vez porque eres un actor tan consumado que realmente sientes o haces sentir lo que contiene tu papel. Y, en cambio, yo tengo cada vez más sed de crudeza, de transparencia, de despojamiento. Y por eso no sé qué hacer. Tus dedos me acarician la barba, los siento recorrer con su delicadeza el laberinto de la cara, o descender hasta las laderas de los hombros, abrirse paso en los bosques de los brazos. Y cuando yo acaricio tu piel, cuando hago circular mis yemas por tus mejillas tan suaves, por tu nariz casi tímida, por tu frente, tu cuello, siento un vacío que no sé si tiene su origen en mi pasión incompleta o en tu pasión fingida. ¿Y si fuera al revés? ¿Si fuera tu pasión la que es incompleta, o yo la siento incompleta, y la mía, en cambio, la que es fingida o forzada o no del todo sentida? O bien quizás se trate de que he perdido la capacidad de amar. Cuán agradecido, pienso, debería estarte por haber permanecido a mi lado todas estas semanas, y cuánto desearía poder quererte más, intensamente incluso, sin ambages, sin prevención ninguna, sin sospechas, sin miedo. ¿Podría conseguirlo si desaparecieran mis dudas, si sintiera una de esas pruebas de amor inequívocas que en ocasiones se presentan sin que las hayamos buscado? ¿Y no sería inmensamente más triste comprobar que soy incapaz de amarte aun después de saber que tú me amas? Toca ahora esperar, estar alerta, dejarse ir en este juego nuevo, no cerrar, como a veces deseo, este tiempo de amor imperfecto o incierto: pues aunque no llegue nunca a ser perfecto (nada humano lo es), quizás un día acabe siendo cierto.

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