Cuarenta

Está sentado en la terraza del parque a las once de la mañana. Sábado. Ha dormido sin necesidad de somníferos como hacía tiempo que no dormía. Hacia las cuatro de la mañana se despertó con sed y llegó a pensar que no podría volver a dormirse. El parque, antigua dehesa, se extiende a partir de la terraza en sinuosos caminos descendentes: parque casi bosque por el que no le apetece hoy pasear. Ya sé adónde va a dar, se dice: a los diversos senderos invadidos de gente que corre o pasea vestida de chándal. Así que lee hasta que lo desconcentra un grupo de amigos que vocean innecesariamente a su espalda. Decide levantarse cuando escucha a uno de ellos tutear al camarero, que le saca veinte años, para pedirle la cuenta; y esto sin que parezcan conocerse, pues el camarero, tal vez para contrarrestar irónicamente el inapropiado tuteo, lo llama “caballero” al informarle del importe de la consumición. País de locos, se dice, en el que la gente se tutea al tuntún y los vocativos de respeto sólo pueden usarse con sarcasmo. Regresa a la avenida. Por la acera de enfrente camina un chico que se vuelve a mirar a cada chica con la que se cruza. Parejas jóvenes o grupos de ancianas se dirigen hacia la terraza. Son casi las once y media. Baja por una calle y se detiene en un bar frente a la parada de autobús. Se le ocurre que es buena idea apostarse allí mientras toma un café con leche: podrá ver cuándo llega el autobús y en un par de segundos llegará a la parada para subirse en él. Sin embargo, cuando llega el autobús el café con leche está aún a medias, así que decide esperar al siguiente. Las señoras que compartían conversación con la dueña del bar acaban de marcharse y durante un par de minutos es él el único cliente. La dueña limpia unos platos y él mira por los cristales. Luego ella lo mira a él y él a ella, apenas un segundo. Después ella pasa al interior del bar y él intenta leer sin conseguirlo. Entra un nuevo cliente: alguien que debe de ser habitual, pues ya lo vio aquí la otra vez que estuvo, hace unos meses. Se acuerda porque es un hombre joven, tal vez más joven que él, extremadamente deteriorado por lo que parece haber sido un abuso de drogas y el posterior tratamiento de deshabituación. Arrastra casi los pies, su tronco carece de flexibilidad, la cabeza permanece inclinada de un modo permanente hacia delante y la mirada es la de un muerto en vida. Se sienta a la barra. La dueña del bar le pregunta qué va a tomar y él tarda más de diez segundos en responder que una de lata. Su voz, que no recuerda haber escuchado la otra vez, le parece especialmente viva, al menos en comparación con el resto, incluso fresca a pesar de un cierto agarrotamiento o lentitud, en cualquier caso parece la voz de alguien mentalmente sano. A los pocos minutos, y una vez terminado su café con leche, tiene lugar, tal y como lo había previsto, el rápido trasvase entre el bar y el autobús. Extraña forma de pasar de un ambiente a otro, de la esquina soleada del bar, refugio estable, ya casi familiar aunque no hable con nadie, al traqueteo anónimo de un autobús cuyo chófer no responde al buenos días y ni tan siquiera lo mira cuando sube.

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