Cuarenta y dos

Iba bajando por la avenida. La tienda cerraba a las seis de la tarde. Sabía que estaba en el número ocho, pero no cuánta distancia me separaba aún de ella. Iba mirando el reloj y los números de los portales. El calor me mareaba, hacía que sintiera pesadas las piernas y ardientes las plantas de los pies. En el fondo, pensaba, da igual si llego a tiempo o no. Al llegar a una esquina en la que el balcón de un primer piso me pareció casi al alcance de la mano sentí que el cielo azul, que casi se podía tocar también y en el que rodaban unas nubes blancas bien delimitadas, transportaba al balcón lejos de aquella esquina, al balcón y a mí mismo, como si flotáramos en otro lugar menos ruidoso, menos sucio, mucho más transparente. Fantasías, instantes, naderías. Tuve que atravesar varias avenidas concurridas, con transeúntes que a media tarde venían de recoger a sus hijos o salían de compras o habían quedado con su pareja o con amigos. Madres que transportaban cada una su carrito. Dueños de perros sonámbulos (los dueños y los perros). Practicantes de footing encantados, al parecer, de dilatar sus pulmones en medio del dióxido de carbono. Cuando me iba acercando al cruce de dos amplias avenidas, en el que confluían también algunas calles transversales, observé un grupo de peatones arremolinados en un triángulo construido a modo de plataforma en medio del asfalto. Se accedía a él y se lo abandonaba atravesando pasos de cebra. Aquellos peatones, a los que tuve que unirme enseguida, parecían estar en medio del tráfico, intactos entre los vehículos que circulaban en varias direcciones. Una isla inquietante, la plataforma del miedo. Era obligatorio montarse en aquel triángulo si se quería cruzar al otro lado de la avenida que yo iba recorriendo. Faltaban cinco minutos para las seis, pero en medio del tráfico del cruce había perdido la cuenta de los números de los portales. Dejé atrás una extraña fachada que escondía, según indicaba una placa, un estudio de arquitectura. El cristal ahumado de la puerta me permitió ver al fondo, sentadas en un escritorio, a dos personas que parecían trabajar. E inmediatamente después encontré la tienda que buscaba. Estaban a punto de cerrar. Recogí la cámara de fotos que mis padres habían dejado allí en reparación. Desanduve mis pasos y tomé un autobús para volver a casa.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s