Cuarenta y tres

Un perro que le ladra a su dueña de ese modo, ¿no debería ser decapitado o, al menos, severamente reprendido? La pose insolente, casi desafiante, con las patas traseras bien aposentadas en el suelo y las delanteras en posición de saltar: y todo mientras la dueña fuma tranquilamente sentada en un banco de este parque. Tratada como una mendiga por su propio perro. En fin, ella sabrá. Y yo, ¿cómo he llegado hasta aquí? Hace más de media hora que debería estar de vuelta en casa. Por suerte, las bolsas de la compra no pesan mucho. Solo contienen un bote de gel de baño, una caja de condones extraseguros, un tetrabrik de leche, un remedio de herbolario contra el insomnio, unos canónigos y unos tomates cherry. Extraña y tal vez patética combinación, reveladora de un consumismo de viernes por la tarde destinado a expandirse en un fin de semana casero quizás aderezado de algún extravío. ¿Cómo he llegado hasta aquí, entonces? Seguí caminando por gusto. No conocía sino un tramo del Paseo de la Dirección y quise explorarlo un poco más. Para los coches debía de ser muy divertido ir girando el volante e ir cambiando así “la dirección” cada pocos segundos, pero las curvas trazadas una y otra vez con este supuesto fin en esa calle me parecieron en el fondo una broma de mal gusto. Hubo incluso un momento en que me sentí encajonado entre dos curvas inversamente simétricas, en un breve tramo recto, como en medio de una ese alargada hasta parecerse casi a una efe. Como caído en una trampa, unas risas sordas empezaron a dejarse oír desde lo que no era ninguna trastienda o trasfondo del cielo vespertino, sino tan solo un rincón despiadado de la mente: no risas de los dioses sino risas de los demonios interiores. “Mírate, personaje patético, con la tripa hinchada por tanto sedentarismo o quién sabe si por algo peor, con tu chaqueta negra manchada por la tiza con la que esta mañana escribiste en la pizarra unas frases capaces tan solo de generar aburrimiento a tus alumnos; mírate, pálida sombra de lo que nunca fuiste, porque si tú no te miras nadie va a hacerlo por ti. Mírate, invisible a los demás, en el espejo deformante de la mente que, al menos, tiene la virtud de mejorarte un poco y consolarte así con el engaño.” Y mientras estas palabras percutían mi mente entremezcladas con las risas, yo seguía andando sin saber muy bien para qué ni hacia dónde. De los portales salían perros que jadeaban y arrastraban casi a sus dueños consigo. Las calles, de nombres extraños, albergaban casuchas destartaladas, con antiguos negocios abandonados cuyos carteles seguían anunciando cosméticos o alimentación. Un vómito amarillento yacía desparramado junto a una fuente. Un poco más allá una pareja de inmigrantes eslavos llenaba una garrafa en otra fuente idéntica. ¿Irían a beberse aquella agua? Habría que salir de aquí, pensé, no solo de esta calle inmunda sino de esta ciudad. Deseé estar andando por algún paseo marítimo a esa misma hora. Llegué a un amplio solar vallado: mala hierba y flores malvas descendían en una pendiente hasta una avenida. No sabía dónde me encontraba. Curiosamente, la puerta del vallado estaba abierta y entré en aquel solar. Me sentí desamparado allí dentro, como si en breves instantes fueran a dispararme desde alguno de los balcones que me rodeaban (pero, ¿quién soy yo acaso para que nadie vaya a dispararme?). Había un par de senderos abiertos en la hierba, pero no llegué lejos. Era un lugar inhóspito, lleno de cagadas de perro resecas y de latas de cerveza o cocacola. Una señora que pasaba por la acera en ese momento me miró con cara de saña, como si yo fuera un intruso que estuviera pisoteando las flores de su jardín particular. Salí. Vi a lo lejos un parque en el que, nada más entrar, me encontré con la escena descrita del perrito en actitud amenazante contra su dueña. Luego, mientras he estado sentado en este banco, ha habido mirlos a mi espalda, perros más cariñosos, muchos perros con todo tipo de dueños, sombras de árboles estampadas sobre el suelo de tierra, la policía, un niño al que sus padres le mostraban el mundo, ese mismo mundo que el niño, tal vez, no tardará en olvidar.

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