Cuarenta y cuatro

La mañana posterior a una correría. A veces solo esto tiene de bueno: que se pasa la noche en una casa ajena y al día siguiente puede explorarse una zona desconocida de la ciudad. Camina en busca de calles anunciadas en carteles de tráfico, calles cuyo nombre recuerda de algún juego infantil de ambientación financiera en el que aparecían, en efecto, los nombres de calles importantes de esta ciudad. Cuántas veces jugó a aquel juego, con su familia o con sus amigos, en el comedor del pequeño piso en que vivía, en la terraza de un apartamento de veraneo, protegida por un toldo de la bravura del sol, en casas de amigos de la infancia, no recuerda ya dónde. Recuerda la fascinación que le procuraba tirar aquel dado, mover las fichas de casilla en casilla, ponerse por delante en alguna ocasión, estar a punto de embolsarse no recuerda ya qué premio gordo y perderlo luego todo a la jugada siguiente. ¿Qué tienen que ver los pasos de hoy, reales, mañaneros, no demasiado entusiastas, por calles verdaderas, con aquellos otros pasos que daba al mover con sus dedos una ficha que acababa cayendo en una calle cuyo nombre coincide con el de esta de hoy? Avenidas anchas con terrazas donde la gente está ya almorzando. Un parque nuevo, con retoños de árboles que aún no dan sombra, bajo un sol seco y constante. Un edificio reciente, sede de un ministerio, cuya fachada está recubierta por un gran paño de cristal a modo de escudo. Un bar en el que, mientras consume un zumo de naranja, una animada conversación entre dos amigos ya en la cincuentena es interrumpida por un conocido de ambos que, afectado por alguna discapacidad mental, habla a un ritmo dos veces más lento que el normal e impone su presencia y su discurso sin que los dos amigos puedan retomar su conversación. Unas langostas vivas en el escaparate de un restaurante, expuestas públicamente antes de que alguien las solicite para su almuerzo. La pequeña plaza de un barrio a la que llegan abrazados un abuelo y su nieto, los dos casi igual de frágiles: el abuelo casi impedido para andar, con la espalda muy curvada hacia delante, y el nieto, con síndrome de Down, que abraza a su abuelo por la cintura mientras este lo abraza a él por el mismo lugar. Antes o después de todo esto, ha estado caminando a lo largo de la franja arbolada que quedaba entre unos edificios de viviendas lujosas y una autopista. Junto a la valla que protegía de la autovía habían plantado arbustos frondosos entre los que bien podría alguien sentarse y pasar un par de horas leyendo o vagueando. O incluso esconderse de los demás, sobre todo por la noche. No sería tampoco demasiado difícil ir hasta aquel lugar provisto de unos alicates, abrir con ellos en la valla metálica un agujero por el que pudiera pasar un cuerpo humano, introducirse a través de ese agujero y, dando unos últimos pasos a medias galantes y a medias indecisos, salir de este mundo sin dejar ni siquiera un cadáver intacto que pueda ser objeto de adoración o de profanación. Vanas fantasías, en definitiva, que acuden a su mente mientras pasea por esa extraña franja que no es un parque, ni una acera, ni una calle, ni un jardín, ni una plaza, pero para la que los urbanistas, supone, tendrán dispuesto algún nombre en el marco de su ciencia. No hay nadie por allí a esas horas. Mira hacia los edificios, rodeados por altos muros y por puertas de metal que los protegen de los intrusos. Disponen de un parque infantil a estas horas vacío, de una piscina en la que un matrimonio y dos niñas toman el sol y de zonas ajardinadas no del todo bien cuidadas. La franja por la que pasea termina en una acera prolongada por un paso de zebra que permite acceder al otro lado de una calle que, en realidad, acaba de darse cuenta, no es sino la vía de acceso a la autopista.

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