Cuarenta y cinco

Primera noche en el nuevo piso en que siento la falta de un ventilador. No corre apenas viento en la calle y da lo mismo salir que quedarse. He vuelto del paseo igual de acalorado que antes. El calor se traduce en pereza, no tanto física como mental: se me hace cuesta arriba empezar este fragmento en el que vengo pensando desde hace unos minutos. Quisiera rebajarlo a un par de apuntes muy breves, inconexos y deslavazados, pero es más poderosa la tentación de tejer el tapiz que en la mente, hace poco, aparecía más o menos bien dibujado. Buscar, sin embargo, los conectores para las oraciones, juntar con cada sujeto un predicado preciso, ir escalando subordinada tras subordinada hasta culminar en una cima que acaso lo es sólo en apariencia el viaje silencioso entre un instante y otro: ¡qué fatiga! Dan ganas de tumbarse simplemente en el sofá, frente al balcón por el que entran las voces de una película que alguno de mis vecinos está viendo ahora mismo. Adoptaría incluso una posición más sana para el estómago, al que esta tarde le costó hacer la digestión y permaneció hinchado hasta poco antes de salir a pasear, que esta postura de quien inclina levemente la espalda y los hombros hacia la pantalla del ordenador y no permite que el vientre se relaje en toda su amplitud. Quince minutos van ya desde que empecé estas líneas que quisieran contar un encuentro invisible. Quienes hace un par de horas pasaron junto a mí en la calle no sabían, ni hubieran podido saber nunca, que allí mismo, hace unos veinticinco años, estuvo por un instante el niño que yo fui, que entró a aquel portal con sus padres y con su hermana, subió al segundo piso, permaneció un par de horas conversando y tomando quizá café o licores con los dueños del mismo, un matrimonio anciano ya en aquella época, le llevó en determinado momento la contraria a aquel señor chulesco que le sugería dedicar su futuro a negocios corruptos porque el dinero público ha de ser, según entendió, de quien sepa robarlo mejor; y que al cabo de ese par de horas, y tras el disgusto del anciano al que un mocoso como él se había resistido con palabras tal vez un tanto angelicales, había salido a la calle, siempre en compañía de su familia, y había regresado al hotel en que entonces se estaban hospedando. El caso (toca ahora aclarar, lo que dará paso a nuevos periodos, oraciones, arabescos) es que esta tarde descubrí en mi agenda esa dirección que pensaba perdida, la de los abuelos de unos amigos de la infancia a los que visitamos en esa única ocasión. Pensé que podría ser una señal de algún otro encuentro imprevisto acudir a esa extraña llamada y encontrarme (desencontrarme, mejor) con el niño que fui. No pude acceder al interior del patio que aún recordaba vagamente (un patio de corrala madrileña con azulejos blancos y azules en los zócalos de las paredes y de las columnas). Permanecí unos minutos por fuera del portal, en la calle, intentando en vano recordar algo más y contemplando la curva de la calle en la que entonces debí de fijarme pero que no había dejado huella en mí. Casualmente, esta corrala está a unos diez minutos andando de donde vivo, y aunque nunca había pasado a pie por esa calle sí que lo había hecho en autobús, bastantes veces, pues por ella pasa una de las líneas que conducen al centro. O sea (seamos ya plenamente locuaces, si no pedantes) que en esa calle estaba esperándome un pequeño pedazo perdido de mi infancia sin que yo lo haya sabido hasta hoy. Y, en cambio, esa coincidencia, y su descubrimiento, no han sido señal de nada, al menos de ningún encuentro efectivo, o al menos previsto para hoy, si descuento el momento en el que, en el camino de vuelta, me detuve a mirar la piscina del polideportivo municipal en el que nunca había reparado y al que me he propuesto acudir uno de estos días; y ese otro momento posterior, ya en pleno atardecer, en el que estuve sentado en el banco de un pequeño parque leyendo mientras cinco o seis adolescentes, uno de ellos sin camisa, charlaban y bebían unas cervezas sentados en la hierba a unos metros de mí. Cabría señalar también una terraza algo escondida y tranquila que descubrí en la misma calle un poco más arriba: otro lugar al que ir en una de estas noches calurosas de junio.

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