Cuarenta y seis

Vengo pensando en el fárrago de las imágenes ―el consabido paseo hasta que estoy casi a punto de perderme, y en el que en un momento concreto me engaño diciéndome que no sé dónde estoy simplemente porque atravieso calles en las que nunca he estado―, un fárrago que se me enquista desde el momento en que quisiera encontrarle un orden que permitiera decirlo; y vengo también pensando en la insoportable constancia del trato con nosotros mismos, en la poca paciencia que tenemos a veces para resistir la compañía de otra persona, de la que nos distanciamos a la primera oportunidad, en contraste con el día tras día de nuestro monólogo íntimo, la insufrible e interminable cadena de tomas y dacas con el propio yo, al que no podemos quitarnos de encima salvo en esas raras ocasiones que unos llaman nirvana, otros ataraxia, otros éxtasis, otros liberación de la mirada, otros vida verdadera y otros, más drásticos y desesperados, suicidio. Imágenes y yo, mundo y mente, paseo y mirada, parques y memoria, acaso fuera y dentro. Y, de pronto, cuando he abierto la puerta del piso, he cruzado el diminuto pasillo y he llegado al salón, he visto algo que no era lo uno ni lo otro. Allí estaban subidas las persianas del balcón y la ventana, entraba ya una luz escasa, muy tenue, y me dije que lo realmente importante era ese intervalo entre lo exterior y lo interior, lo que había ocurrido allí mismo mientras yo estaba fuera, es decir, nada, esa nada que habían podido contemplar los vecinos de enfrente desde sus ventanas y ante la que se habrían preguntado, tal vez, si son un poco curiosos, dónde estaba yo, por qué me había olvidado de bajar las persianas, esas hipótesis que no definen esto ni lo otro sino que abren un hueco para todo lo posible. Eso que allí había ocurrido, ese vacío del salón, el reposo innominado de los libros en la estantería, el desorden exacto de los papeles sobre la mesa, el imperceptible temblor de las cortinas que sería un desvarío atribuir a algún resto de aliento dejado por mí, las múltiples formas de vida, visibles o invisibles, que me acompañan cada día y que allí se quedaron durante las dos horas que no estuve, los restos de mi cuerpo en el inodoro, en la ducha, en el lavabo, la ropa lavada que espera en la lavadora a ser colgada para secarse, los bastoncillos de incienso que alguna vez, en un futuro improbable, perfumarán el piso no sólo para mí, todo lo que sería arduo enumerar y quedó como la sombra del cuerpo que se ha ido, o como su hueco, como esa máscara de cera de un rostro que está siempre buscando cómo alejarse de sí mismo. Ahí, en ese intervalo y no en ninguna de las imágenes que he ido recolectando hoy y que han pasado, de algún modo y sin duda inútilmente, del mundo a mí, reside lo que acaso podría estar queriendo decir algo.

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