Cuarenta y siete

Casi nada recuerdo. (Estoy hablando de ahora mismo, de esta misma tarde.) Leía un ensayo sobre el cansancio en una terraza tranquila. Las mesas estaban lo suficientemente separadas las unas de las otras como para que no molestaran las conversaciones vecinas. El cansancio, decía aquel libro, nos volvía porosos, nos abría a los otros y dotaba de un orden necesario al mundo que nos rodeaba, en el que nos integrábamos sin fisuras, sin ninguna violencia. El deseo de que un treintañero de pelo rizado que había visto entrar en un supermercado y ahora salía pasara junto a mí para poder verle el rostro se cumplió de un modo extraño: él ya se iba por otra calle, que además yo no lograba ver con nitidez por culpa de la jardinera que bordeaba la terraza, cuando de pronto dio media vuelta y pasó justo a mi lado. Pude admirar ese pelo negro rizado, como de gitano, y la esbeltez de un cuerpo delgado de hombros rectos, los andares sinuosos, la cintura estrecha. Llevaba una ristra de latas de cocacola en una mano y una bolsa de supermercado no muy cargada en la otra. No nos miramos, pero yo sentí su paso a mi lado como una especie de conjunción. Seguí leyendo. En la mesa de al lado hablaban de compra-venta de pisos, zonas de posible crecimiento inmobiliario en la periferia de la capital, reformas, una terraza que podría acristalarse. Me acordé de la casa en la que viví hasta hace unos años, la única que he comprado, y de las reformas que en otro tiempo proyecté con un amigo para la azotea: cubrirla y destinar una parte a un pequeño jacuzzi (idea esta última propuesta y defendida por mi amigo a pesar de mi escepticismo). Vi de pronto muchos momentos de mi vida allí, en aquella casa. Me di cuenta de que había sido un lugar realmente habitado, e incluso con frecuencia compartido, como un oasis en el mapa de mis viviendas de soltero o solitario. Al menos este era mi recuerdo de aquel lugar. El vacío de ahora, me pregunté después, en otro momento de la tarde, ya fuera de la terraza, caminando de vuelta a casa, ¿es todavía el hueco que ha dejado alguien o es ya un vacío menos concreto, más indefinido, el vacío que toda soledad instaura en un corazón solitario? Sí, ya recuerdo: volvía a casa por una calle en pendiente en la que algo, no recuerdo ya qué, me hizo pensar en lo necesario que es a veces sumergirse en el mundo de otro, en el mundo de alguien que no sea uno mismo, y en lo mucho que agota al final estar un día tras otro encerrado en el propio mundo que, aunque no sea más que un espejismo creer que lo conocemos bien, es siempre el mismo y acaba resultándonos insoportablemente previsible. Sumergirse en el mundo de otro: entrar en otra vida, compartir pasados que no nos pertenecen, sentir de un modo diferente a como sentimos, tender la mano y encontrar una piel que no es la nuestra, mirar a unos ojos que no son los mismos siempre en el espejo, estar ahí para escuchar o poder desahogarnos un momento, abrazarse a otro cuerpo por la noche, sentir al despertarse que alguien respira a nuestro lado como un don del amanecer, y tantas otras cosas que es difícil decir con las palabras. En esto iba pensando, sin saber por qué, mientras volvía a casa, a la sexta o séptima casa de mi vida solitaria.

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4 respuestas a Cuarenta y siete

  1. Bello, comò todo lo que cuentas cuando escribes. Un abrazo.

  2. Mil y una gracias, querida Alicia, por tu comentario a este fragmento, el penúltimo (el último en realidad, pues el siguiente no es más que la repetición del primero para cerrar un círculo) de un texto sin mucha coherencia que no fue más que una manera de desahogar lo que se me hizo imposible seguir manteniendo encerrado. Espero que estés bien. Besos, abrazos.

  3. Araceli dijo:

    Salto de tu otro blog a éste. A mí, que el tiempo me persigue…¿Cómo voy a hacer para alcanzar a leer todo lo que escribes, todo lo que escriben los que me gusta como escriben? ¿Cómo podría no leer textos como éste? El tiempo tendrá que esperarme !qué remedio!
    Un abrazo

  4. Qué maravilla de comentario, querida Araceli. Saltar, ir en busca de los textos que nos gustan. Este blog es muy diferente del otro, en realidad es una especie de libro que no pude publicar en papel (o cuya idea se resistía a ser publicada en papel, pues se trató siempre de un texto en movimiento). Así que eso que dices sobre el tiempo que te persigue casa muy bien con esta idea: un texto perseguido por el tiempo que, a su vez, espera al lector para seguir persiguiéndolo… En realidad, aunque se trate de un conjunto de fragmentos, “Las llaves del amanecer” son una sucesión de escenas o momentos cuyo sentido, si alguno tienen, solo se percibe si se lee de un modo continuo y ordenado todo el conjunto. Así que: échale un nuevo pulso al tiempo y ánimo. Un fuerte abrazo. Rafael.

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