Cuarenta y uno

Algo que no había pasado nunca desde que vivo aquí: que coincidamos tres vecinos a la hora de entrar en el portal. Yo entré el último. Delante de mí, un chico de pelo largo a quien no pude verle la cara y delante de él un señor ya algo canoso con un niño pequeño. Nadie saludó a nadie. Suele ser habitual en el lugar donde vivo: como antes de acceder a las viviendas o a las escaleras que llevan al primer y segundo piso tenemos que atravesar un patio se ha convenido (en secreto, o cada uno por su cuenta) que dicho patio es un espacio público que no forma parte de los espacios comunes (las escaleras, por ejemplo) en que el saludo sí parece prescriptivo. Así que cuando coincidimos dos o más vecinos en el patio lo normal es que parezcamos fantasmas que no vemos a los demás, y que llevemos la mirada perdida normalmente al frente o que, como ocurrió ayer, si alguno está tendiendo ropa en el patio levante la mirada hacia quien llega y vuelva a bajarla como si su gesto fuera estrictamente casual. Al principio me sorprendían estas costumbres y las consideraba bárbaras, saludaba cortés a todos aquellos con quienes me cruzaba en el patio, pero poco a poco he ido dejando de hacerlo. Cuando ingreso en el patio me despreocupo, como los demás, de lo que me rodea, soy libre y estoy solo en el mundo, no necesito a nadie, doy un par de pasos en un espacio que en ese momento es mío sin que la posible presencia de otros enturbie mi sensación de independencia. Hago como si esos vecinos fueran puras eventualidades, parte del decorado de este patio de corrala, tan pintorescos e inanimados como las macetas o los buzones, las tendederas o las bicicletas. Ha ocurrido incluso alguna vez que, al salir hacia el trabajo muy temprano por la mañana, la oscuridad anterior al amanecer nos rodeaba, a algún vecino y a mí, y nos excluía realmente el uno del otro. En esos momentos, aunque sabíamos que había alguien más que atravesaba el patio, éramos, tanto él como yo, parte de la oscuridad, y ni siquiera nos veíamos a nosotros mismos.

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Cuarenta

Está sentado en la terraza del parque a las once de la mañana. Sábado. Ha dormido sin necesidad de somníferos como hacía tiempo que no dormía. Hacia las cuatro de la mañana se despertó con sed y llegó a pensar que no podría volver a dormirse. El parque, antigua dehesa, se extiende a partir de la terraza en sinuosos caminos descendentes: parque casi bosque por el que no le apetece hoy pasear. Ya sé adónde va a dar, se dice: a los diversos senderos invadidos de gente que corre o pasea vestida de chándal. Así que lee hasta que lo desconcentra un grupo de amigos que vocean innecesariamente a su espalda. Decide levantarse cuando escucha a uno de ellos tutear al camarero, que le saca veinte años, para pedirle la cuenta; y esto sin que parezcan conocerse, pues el camarero, tal vez para contrarrestar irónicamente el inapropiado tuteo, lo llama “caballero” al informarle del importe de la consumición. País de locos, se dice, en el que la gente se tutea al tuntún y los vocativos de respeto sólo pueden usarse con sarcasmo. Regresa a la avenida. Por la acera de enfrente camina un chico que se vuelve a mirar a cada chica con la que se cruza. Parejas jóvenes o grupos de ancianas se dirigen hacia la terraza. Son casi las once y media. Baja por una calle y se detiene en un bar frente a la parada de autobús. Se le ocurre que es buena idea apostarse allí mientras toma un café con leche: podrá ver cuándo llega el autobús y en un par de segundos llegará a la parada para subirse en él. Sin embargo, cuando llega el autobús el café con leche está aún a medias, así que decide esperar al siguiente. Las señoras que compartían conversación con la dueña del bar acaban de marcharse y durante un par de minutos es él el único cliente. La dueña limpia unos platos y él mira por los cristales. Luego ella lo mira a él y él a ella, apenas un segundo. Después ella pasa al interior del bar y él intenta leer sin conseguirlo. Entra un nuevo cliente: alguien que debe de ser habitual, pues ya lo vio aquí la otra vez que estuvo, hace unos meses. Se acuerda porque es un hombre joven, tal vez más joven que él, extremadamente deteriorado por lo que parece haber sido un abuso de drogas y el posterior tratamiento de deshabituación. Arrastra casi los pies, su tronco carece de flexibilidad, la cabeza permanece inclinada de un modo permanente hacia delante y la mirada es la de un muerto en vida. Se sienta a la barra. La dueña del bar le pregunta qué va a tomar y él tarda más de diez segundos en responder que una de lata. Su voz, que no recuerda haber escuchado la otra vez, le parece especialmente viva, al menos en comparación con el resto, incluso fresca a pesar de un cierto agarrotamiento o lentitud, en cualquier caso parece la voz de alguien mentalmente sano. A los pocos minutos, y una vez terminado su café con leche, tiene lugar, tal y como lo había previsto, el rápido trasvase entre el bar y el autobús. Extraña forma de pasar de un ambiente a otro, de la esquina soleada del bar, refugio estable, ya casi familiar aunque no hable con nadie, al traqueteo anónimo de un autobús cuyo chófer no responde al buenos días y ni tan siquiera lo mira cuando sube.

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Treinta y nueve

¿De verdad tu mirada, cuando encuentra mi rostro (tras buscarlo, ojalá), se detiene en él como una caricia, se deleita de algún modo que no puedo entender porque detrás del rostro hay para ella alguna realidad espiritual amada, algo parecido a lo que otros llaman alma que, unido a ti a través de la mirada, a través del rostro y de la piel mirados, enciende en tu interior una emoción auténtica, un calor casi físico, un bienestar del ser o algo similar difícil de definir con palabras? ¿O bien estoy encerrado en un simulacro casi perfecto, en un jardín de máscaras en que la mía, la que llevo sin saberlo sobre el rostro, desempeña también un papel principal, junto a la tuya, y sin darnos cuenta, o sin darme yo cuenta, estamos representando una comedia amable para ambos, complaciente, un vodevil con el que llenamos las horas muertas de la vida? Es tan difícil saberlo, como si fuera esta vez más difícil que nunca, quizás porque va a ser cada vez más incierta cualquier verdad de nuestra vida a partir de ahora o tal vez porque eres un actor tan consumado que realmente sientes o haces sentir lo que contiene tu papel. Y, en cambio, yo tengo cada vez más sed de crudeza, de transparencia, de despojamiento. Y por eso no sé qué hacer. Tus dedos me acarician la barba, los siento recorrer con su delicadeza el laberinto de la cara, o descender hasta las laderas de los hombros, abrirse paso en los bosques de los brazos. Y cuando yo acaricio tu piel, cuando hago circular mis yemas por tus mejillas tan suaves, por tu nariz casi tímida, por tu frente, tu cuello, siento un vacío que no sé si tiene su origen en mi pasión incompleta o en tu pasión fingida. ¿Y si fuera al revés? ¿Si fuera tu pasión la que es incompleta, o yo la siento incompleta, y la mía, en cambio, la que es fingida o forzada o no del todo sentida? O bien quizás se trate de que he perdido la capacidad de amar. Cuán agradecido, pienso, debería estarte por haber permanecido a mi lado todas estas semanas, y cuánto desearía poder quererte más, intensamente incluso, sin ambages, sin prevención ninguna, sin sospechas, sin miedo. ¿Podría conseguirlo si desaparecieran mis dudas, si sintiera una de esas pruebas de amor inequívocas que en ocasiones se presentan sin que las hayamos buscado? ¿Y no sería inmensamente más triste comprobar que soy incapaz de amarte aun después de saber que tú me amas? Toca ahora esperar, estar alerta, dejarse ir en este juego nuevo, no cerrar, como a veces deseo, este tiempo de amor imperfecto o incierto: pues aunque no llegue nunca a ser perfecto (nada humano lo es), quizás un día acabe siendo cierto.

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Treinta y ocho

Volver a casa a media tarde. Saludar con una inclinación de cabeza al grupo de vecinos reunido en el patio. Entrar en el piso cargado con el portafolios del trabajo y dos chaquetas negras en un brazo (una, la que me puse esta mañana antes de salir; otra, la que olvidé ayer por la tarde en un bar y, con gran fortuna, acabo de recuperar). Revisar el suelo en el que hace unos días que, por obra de las múltiples medidas puestas en práctica, no aparece ningún ortóptero vivo o muerto. Abrir la puerta del balcón para ventilar un poco el piso. Escuchar las risas de los vecinos en el patio. Beber un vaso de zumo de piña y uva. Defecar. Hacerlo de tres veces, con la abundancia de quien no ha ido al baño en dos días. Sentir un ligero ardor en el ano y otro ligero ardor en el pene y pensar que son ardores distintos que no tienen por qué estar relacionados. Contemplar desde el baño a oscuras la estantería abundantemente iluminada, cada libro destacado en ella por su color y su forma: sin ningún orden pero exactamente así en ese momento, como si así debiera ser. Lavarme las manos con el jabón azul. Seguir postergando el momento en que habré de sentarme a la mesa para escribir en el ordenador. No querer dejarles a las imágenes que acuden más que una rendija muy pequeña en la mente. Sentir miedo de que esas imágenes desemboquen en un vacío de imágenes parecido a un abismo. Y al mismo tiempo reconocer que si el asedio ha empezado debe hacérsele frente, y que el único modo es escribiendo, dotando a las imágenes de un ritmo, haciéndolas que se encadenen en una sucesión, en vez de abrir orificios simultáneos como siempre ocurre. Y aun a riesgo de perderlas, de perder acaso las más importantes de todas, conservarlas de la única manera que sé: encerrándolas aquí en unas palabras que quizá solo a mí mismo me sirvan para algo. Ver con nitidez la curva de la estrecha carretera, asfaltada no mucho tiempo atrás, antes camino de tierra en el que los coches derrapaban si iban demasiado rápido. Escuchar la voz de aquel socio del club que me bajó por la tarde en su coche a la ciudad, escuchar su grito mientras se asoma por la ventanilla para llamar a la muchacha, el chirrido de las ruedas que frenan, el coche que parece deslizarse peligrosamente al derrapar. Estremecerse al pensar que el barranco está al lado y que, aunque no es muy profundo, a esa velocidad el coche acabaría hecho un amasijo en su fondo, con nosotros dentro. Imaginar la risa de la muchacha, o verla al volverme, o quién sabe si por el espejo retrovisor, la risa distendida de la muchacha que conoce ya a ese señor de otras ocasiones, tal vez de algún encuentro, la hija de quienes viven en la casa destartalada al borde de la carretera, una pareja casi siempre oculta, la muchacha de risa fresca y de cabello polvoriento, de figura sinuosa y de vestido pobre. Lentamente dejar que la mirada retroceda hasta los bancales al borde del barranco, en el atardecer, la mirada naciente envuelta en tantas sombras, las sombras de los árboles, las sombras de las piedras, las sombras que proyecta el coche a medida que avanza, todas las sombras de la vida. Recordar, no, casi tocar las plantas del barranco, el temor de encontrarme de pronto allí solo en medio de la noche, abandonado por el hombre que quiere darle un paseo a la muchacha, imaginar incluso las noches de ella en la soledad del lugar, los padres escondidos en su inmundo cuartucho, ella en el alboroto de la sangre que late en el interior de la noche. Recordar la bocina que resuena mientras el coche avanza de nuevo, ¿o son los gritos?, y seguimos nuestro camino hasta el comienzo del barranco, hasta la ciudad protectora en que me esperan el final de la tarde, un cuarto, unos libros de texto, unos padres honrados, la cena, la cama, el sueño, las preguntas.

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Treinta y siete

Otro tanto, en cuanto a la monotonía, sucede por las noches. Obligado a acostarme a una hora fija, y habituado desde hace ya meses a consumir media pastilla de somnífero para poder dormir, los rituales que preceden a la adopción de la postura supina suelen repetirse sin demasiada variación. Ahorremos ―a quien quiera que sea― el relato de una nueva monotonía. Fijémonos en los momentos justamente posteriores a la entrada en el dormitorio. Después de orinar, beber agua, agrupar sobre la mesa las llaves, la cartera y el bolígrafo que irán al día siguiente en los bolsillos del pantalón; después, por último, de apagar la luz de la sala y de cerrar con llave la puerta de la entrada, tiene lugar el paso a ese otro espacio, interior (sin ventanas), del dormitorio. Compruebo con una linterna que no hay cucarachas bajo la cama, sacudo las sábanas con el mismo objetivo, me desvisto para acostarme. Últimamente me he acostumbrado a rociarme la piel con una colonia a granel que tiene la virtud de insuflarle al aire algo cargado del cuarto un frescor grato aunque sea artificial. Pecho, nuca, hombros, brazos, piernas. Todo bien rociado de colonia. Antes o después de esta operación he programado tanto el despertador eléctrico como el despertador del móvil para que me despierten siempre a la misma hora de la mañana. (Sonarán con un intervalo de menos de un minuto uno de otro.) Tumbado boca arriba, con la sábana hasta la cintura, el cuerpo aún medio húmedo por la colonia, un desfile de imágenes comienza a pasearse por la mente. Aún no demasiado amodorrado por el somnífero, creo estúpidamente que lograré estirar un poco el tiempo de ese día casi a punto de agotarse entregándome al placer solitario. Me propongo al principio zambullirme en la memoria del día que termina para volver, triunfante buscador de perlas, con el ejemplar más brillante, rescatado por mí del fúnebre olvido en que caería si no fuera por mi mirada ávida, por mi insaciable deseo. Intento no desanimarme demasiado cuando compruebo que apenas he conservado imágenes vistosas de ese día, o que no son tan consistentes como para hilar en torno a ellas el ritual casi alquímico al que quiero entregarme. Y al final acabo desistiendo: ninguno de los rostros, figuras, cuerpos o presencias con que me he cruzado a lo largo del día es lo suficientemente poderoso como para propiciar esa alquimia. ¿Hubieran hecho falta palabras, una conversación, algún tipo de escena o de encuentro para desencadenar luego, en la soledad del dormitorio, la fiebre del cuerpo, el estremecimiento de la piel, el volcán del orgasmo? Recurro, en cualquier caso, a un catálogo ya antiguo: imágenes guardadas hace años, recurrentes, normalmente infalibles. Una vez más, todo es previsible. El efecto sedante del somnífero afecta, sin duda, a la potencia viril, pero también es verdad que esta decrece con el paso del tiempo, poco a poco, muy lentamente, lo mismo que cada vez son más pobres la descarga, el placer que conlleva y el temblor que nos sacude hasta la calma final. Los ojos siguen abiertos cuando apago la luz. Me doy la vuelta. Hundo la cara, boca abajo, en una sábana que pronto, quizás, habría que cambiar. Cada vez noto más los muelles del colchón.

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Treinta y seis

¿Qué ha sido todo hoy, este otro hoy? ¿Una espiral de rutina desde la mañana a la noche? La misma hora a la que me levanto a diario, la misma línea de metro, el mismo autobús que sale siempre a la misma hora (e incluso agradece uno que últimamente no falle). Caras repetidas en los asientos de atrás, donde me instalo, la misma compañera con la que coincido los jueves (cargada con los mismos apuntes caóticos en una mano, el mismo bolso en la otra, y propulsada como un bólido parlante por la misma conversación insípida, demoledora). Asumí, claro, el mismo horario de todos los jueves: la clase de primera hora no deparó ninguna sorpresa (los mismos alumnos brillantes, resabiados, apáticos, futuros médicos o ingenieros sin demasiadas ganas de aprender la sintaxis de la oración compuesta); a segunda hora había un grupo de sólo doce alumnos porque el resto de la clase se ha ido a un viaje de intercambio europeo: las palabras que leímos, sobre un caballo de madera que vuela y no vuela al mismo tiempo y sobre el que, montados, conversan dos extraños personajes que nada tienen de tontos aunque se hagan pasar por ello, no las entendieron, creo; como el día anterior les había puesto un castigo a algunos por estarse pasando furtivamente una lista en la que iban puntuando diversas cualidades físicas de compañeras suyas, discutimos un poco sobre el asunto y, dado que los castigados opinaban que lo que habían hecho no era grave, les dije que todo dependía de cómo se mirara; a continuación pregunté en alto si me consideraban demasiado estricto y uno de los alumnos (que no estaba entre los castigados) me contestó que todavía no lo había sido (respuesta que me pareció cuando menos ambigua, pues si bien afirmaba que no lo había sido dejaba entrever la posibilidad o la sospecha de que lo fuera algún día); en la clase de tercera hora, y última del día, una alumna (que por lo general suele pasar buena parte del tiempo pintándose las uñas, mirándose en un espejito de bolsillo o alisándose el pelo) tomaba tranquilamente el sol junto a la ventana; era tal su expresión de placer, tal el sobrecogimiento que denotaban sus ojos entrecerrados (era en ese momento el único individuo al que llegaba aquel rayo de sol), que se sobresaltó cuando le pregunté si estaba disfrutando y si se había puesto alguna crema bronceadora para que el efecto del sol sobre su piel pudiera notarse lo antes posible; de resto, durante esa última clase, con la que siempre acabo riéndome aunque siempre me exasperen, entregué corregido el examen de sintaxis, que aprobaron aproximadamente dos tercios de la clase. Al finalizar mi jornada laboral de los jueves, me encaminé hacia la estación de tren por las mismas calles de siempre. Era media mañana. El sol ya se había escondido tras las nubes, el viento soplaba en el andén y empezó a lloviznar. Luego llegó el tren y me monté en él.

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Treinta y cinco

Sabes que nada vas a descubrir, por mucho que te adentres entre esos pocos fresnos dispersos en el borde del parque. Aunque hayan marcado cada uno con una cinta azul que indica acaso la fecha de su plantación, o el último control al que han sido sometidos, no tienen nombre, igual que este lugar, igual que tú en el breve instante en que tu conciencia deja de atenderse a sí misma y suelta como un lastre casi todos los puntos de referencia. Encontrar un lugar en el que estar a solas dentro de la ciudad superpoblada: una discreta ganancia de hoy. El sistema aplicado ha sido montarte en una de las líneas de autobús que pasan cerca de tu casa y bajarte en la última parada. Una vez allí, empezar a caminar por una de las calles, dejando atrás el centro cultural, en dirección a lo que parecía un descampado en alto desde el que se divisaba la sierra con las pocas manchas de nieve que aún la cubren. Abajo, y a lo lejos, calles trazadas como para una futura urbanización. Como indicaba el mapa que miraste en la parada de autobús, estás en uno de los límites de la ciudad, hacia el noroeste. El lugar se parece a como lo imaginaste después de ver el mapa. Lo que no te esperabas es esta hondonada que conduce a los fresnos, las manchas de musgo en la corteza, musgo amarillo que intentas raspar aunque no tengas uñas. Flores blancas y rojas, amarillas y lilas, flores sin nombre, espontáneas, pequeñas. Algunos cardos, un par de pinos, fresnos. Más arriba, un vallado de puntas cortantes protege un amplio recinto que parece una fábrica, o un depósito, por el que se pasea un único obrero, con mono y casco azules. Apoyas el libro y el cuaderno en la uve que forman dos ramas de un fresno y escuchas las cigarras escondidas en la hierba. A lo lejos se ven paseantes con sus perros, parejas, algún que otro hombre solitario, pero nadie parece venir a este lugar. Fantaseas con la idea de haber encontrado un lugar de descanso, una especie de refugio en medio de la ciudad, pero los restos de presencia humana ―un calcetín, un paquete de tabaco, un tetrabrik de zumo de naranja y otros objetos que la mirada no retiene― te convencen de que tu soledad aquí es tan solo un espejismo. El ruido de los coches que pasan por la autopista cercana, la enorme torreta de la luz junto a la fábrica no contribuyen al débil sentimiento idílico que por un momento te sobreviene. Las florecillas blancas parecen margaritas, pero no lo son, lo mismo que las rojas tampoco son en realidad amapolas. Tú sí que eres quien ha estado aquí aunque a nadie, ni a ti mismo, le importe. ¿Es estar lo importante? ¿Haber estado hoy aquí aunque ni aquí ni hoy puedan ser de verdad aquí y hoy?

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